miércoles, 16 de abril de 2008

Fernando escribe

Voy a transcribir aquí un fragmento de IV Canto de “Os Lusiadas”, admirablemente traducido por el escritor argentino Alberto Manguel.

Lo hago -y no quiero pasarme de mordaz- después de haber estado contemplando por TV los fastos, ceremonias y aderezos que se han producido con ocasión del recibimiento del nuevo equipo ministerial:

“¡Oh gloria del mandar, vana codicia
De la soberbia que decimos fama ¡

¡Oh fraudulento gusto, que se inficia
con el aura vulgar que honra se llama!

¡Qué castigos impones, qué justicias
En el vano mortal que tanto te ama!

¡Qué peligros, qué luchas, qué tormentas,
Qué crueldades en él experimentas!

¡Dura inquietud del alma y de la vida
fuente de desamparos y adulterios,

sagaz consumidora conocida
de haciendas, y de reinos, y de imperios…

Llámante ilustre, grande, esclarecida´
siendo digna de infames vituperios:

Llámante fama y dulcedumbre extraña,
nombre con que al cerril pueblo se engaña…

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Con un tono, envuelto en las notas medievales, tristes pero acertadas de las Coplas de Manrique y siguiendo la vieja tradición griega “mataiotes mataiotetos, ta panta mataiotes”(vanidad de vanidades y todo vanidad), añado unas consideraciones para apostillar la entrada de Fernando:

“… Pues si vemos lo presente
cómo en un punto se es ido
y acabado,
si juzgamos sabiamente,
daremos lo no venido
por pasado…”

“… Ved de cuán poco valor
son las cosas tras que andamos
y corremos.
Que, en este mundo traidor
aun primero que miramos
las perdemos…”

“Que bienes son de Fortuna
que revuelven con su rueda
presurosa,
la cual no puede ser una
ni estar estable ni queda
en una cosa...”


Los fastos, las ceremonias, los trajes endomingados, los saludos cortesanos..., todo “gloria del mandar...”. Del XV a hoy poco ha variado nuestro amor por la fama, la honra... Todo aquello que los “Infantes de Aragón” llevaban y que quedó envuelto en la penumbra...

FERNANDO dijo...

Mi aportación, José Mª, era de menos vuelos metafísicos: una liviana sátira, como pie de página a la foto de ministras y ministros, chirriantes de satisfacción, entre las bambalinas de una gloria tan volátil como la del pájaro posado en una rama... Ha sido igual la hinchada tentación de los políticos de todas las épocas y de todos los apartes geográficos, como testifica el texto de "Os lusiadas" o el tuyo de Manrique: "¿Qué es hizo el rey don Juan? / ¿Los infantes de Aragón qué se hicieron? / ¿Qué fue de tanto galán? / ¿Qué fue de tanta invención como trujeron?". Recuerdo siempre que la palabra ministro, en el latín "minister", de donde `proviene, significa "el servidor", y su etimología deriva de "minus", el que es menos. Mientras que la palabra Maestro, derivada del latín "Magister", significa por etimología "el mayor, el que es más"...
Anoche vi por Tv una película que terminó con una cita de Oscar Wilde: "La ambición es el último reducto del fracaso...."

Anónimo dijo...

Los hombres, Fernando, sobre todo cuando se hacen fuertes en la sociedad en que viven, confunden frecuentemente autoridad y poder. Por ello, el poderoso, que lo es por la autoridad que el pueblo le ha confiado, se siente importante. Se autoestima, frecuentemente, superior a los demás. Pero confunde la “tramoya” con la obra que representa.

Es conocido que en las sociedades autoritarias, muchas de ellas conclusión lógica de la concepción cristiana del Sacro Imperio, el monarca encarna el país y su bienestar. No está sujeto a nadie. Su autoridad es superior a todos y sobre todos tiene poder. Se constituye en ley y máxima autoridad sobre todos. Es lógico, por ello, el boato y el fasto cuando se presenta ante sus súbditos. Se ha convertido, por su “superior” investidura, en una reencarnación sacra del poder.

Por el contrario, en el constitucionalismo, la autoridad es un simple instrumento, necesario, al servicio de todos. El “ministerio”, por ello, es igual a servicio y, por cierto, etimológicamente, “pequeño”, “mínimo”, en el ámbito social.

También es sabido que la autoridad es la fuerza que la sociedad posee, como elemento indispensable, para lograr la finalidad de su organización. Si es necesario, incluso, coactivamente. El poder es elemento necesario para que se guarde el equilibrio proporcionado y necesario de la libertad de todos en la convivencia social.

El problema aparece cuando la “auctoritas” se cambia en “potestas”. Cuando se confunde la tramoya, que sirve a la adecuada representación de la obra, con la verdad de lo representado. El boato social, el fasto, sólo es lenguaje, tramoya necesaria. Enfatiza la autoridad necesaria. El error, a menudo, está en confundir lo que es lenguaje, apariencia, delegación, con la finalidad esencial de lo social: usurpar lo que es de todos y convertirlo en prerrogativa exclusiva y personal.