Pensaba hace unos días sobre la caducidad -temporal, en nuestro caso-, de nuestras entradas al blog. Palabras que se van acumulando, pobladas de ideas y estilos valiosos, que quedan perdidos en la oscuridad insondable de la red.
Es claro que nuestra comunicación interpersonal se realiza siempre con dirección alternativa: emisor-receptor. Sabemos, de antemano, que la “aceptación” (consenso o disenso) de nuestra interlocución tiene una respuesta asegurada en un “tú” presente, al que nos dirigimos. Sin embargo, lo que sucede en la red en la “red” es diferente: el interlocutor, exceptuando un grupo minoritario de amigos próximos, es anónimo, lejano, desconocido. Todo queda, por ello, probablemente, reducido a un “huerto cerrado”, a “un interior del alma”, donde habitan unos pocos amigos, próximos en ideas e intereses.
Hablan de esta dificultad dialogal las dos últimas entradas de nuestro blog: Faustina, en palabras de Paul Auster, dice que se escribe y se lee en soledad. A pesar de ello, añade, la comunicación del escritor con su interlocutor (se entiende), es profunda. Fernando, por su parte, encontrando siempre, en sus palabras de “escribidor”, confianza y compañía, dialoga, igual que el Conde Arnaldo, con “quien con él va...”
Y he recordado, pensando en todo esto, unos versos que leí hace algún tiempo en Fernando Pessoa, en un poema que tituló “Guardador de Rebaños”: “Desde la ventana más alta de mi casa, con un pañuelo blanco digo adiós / a mis versos, que viajan hacia la humanidad. / Y no estoy alegre ni triste. / Ese es el destino de los versos. // Los escribí y debo enseñárselos a todos / porque no puedo hacer lo contrario, /como la flor no puede esconder el color, / ni el río ocultar que corre, / ni el árbol ocultar que da frutos... // ¿Quién sabe quién los leerá? / ¿Quién sabe a qué manos irán?”
Hasta aquí Pessoa. Y aquí está nuestra palabra, siempre abierta a nuestro interlocutor, sea el que sea, que convertirá, con su callada, silenciosa, pero segura respuesta, nuestro “cerrado huerto” en jardín, con árboles y frutos, para todos.
Es claro que nuestra comunicación interpersonal se realiza siempre con dirección alternativa: emisor-receptor. Sabemos, de antemano, que la “aceptación” (consenso o disenso) de nuestra interlocución tiene una respuesta asegurada en un “tú” presente, al que nos dirigimos. Sin embargo, lo que sucede en la red en la “red” es diferente: el interlocutor, exceptuando un grupo minoritario de amigos próximos, es anónimo, lejano, desconocido. Todo queda, por ello, probablemente, reducido a un “huerto cerrado”, a “un interior del alma”, donde habitan unos pocos amigos, próximos en ideas e intereses.
Hablan de esta dificultad dialogal las dos últimas entradas de nuestro blog: Faustina, en palabras de Paul Auster, dice que se escribe y se lee en soledad. A pesar de ello, añade, la comunicación del escritor con su interlocutor (se entiende), es profunda. Fernando, por su parte, encontrando siempre, en sus palabras de “escribidor”, confianza y compañía, dialoga, igual que el Conde Arnaldo, con “quien con él va...”
Y he recordado, pensando en todo esto, unos versos que leí hace algún tiempo en Fernando Pessoa, en un poema que tituló “Guardador de Rebaños”: “Desde la ventana más alta de mi casa, con un pañuelo blanco digo adiós / a mis versos, que viajan hacia la humanidad. / Y no estoy alegre ni triste. / Ese es el destino de los versos. // Los escribí y debo enseñárselos a todos / porque no puedo hacer lo contrario, /como la flor no puede esconder el color, / ni el río ocultar que corre, / ni el árbol ocultar que da frutos... // ¿Quién sabe quién los leerá? / ¿Quién sabe a qué manos irán?”
Hasta aquí Pessoa. Y aquí está nuestra palabra, siempre abierta a nuestro interlocutor, sea el que sea, que convertirá, con su callada, silenciosa, pero segura respuesta, nuestro “cerrado huerto” en jardín, con árboles y frutos, para todos.
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