viernes, 4 de abril de 2008

José María, escribe

El tiempo, esta estructura básica en la que somos, imprime a todo lo nuestro un profundo sentido de transitoriedad, de paso. Nuestra vida se desarrolla en una especie de estación de tránsito, para seguir usando el símil de nuestro amigo José Antonio, -amigo desconocido que irrumpe afectuosa y amigablemente entre nosotros-. Y desde esta nuestra obligada estación, contemplamos el ir y venir de unos trenes que se pierden de vista, envueltos en la bruma que origina la velocidad.

Aquí parece más que “todo pasa”. Los trenes que se van, en su apariencia, son de sentido único... Se marchan para no volver... Lorca lo decía: “Las cosas que se van no vuelven nunca, / Todo el mundo lo sabe, / Y entre el claro gentío de los vientos / es inútil quejarse”. Ese tren que se ha ido, así parece, no volverá a pasar por nuestro andén... Quizás sea lo mejor el “carpe diem” y olvidar, por ello, viajes y aventuras... Perder el tren parece ser derrota ineludible de lo nuestro...

Sin embargo, también hay que decirlo, algunos trenes son de rutas cíclicas. Volverán a pasar y a ofrecer su destino al viajero que espera. Para tomarlo, sólo es preciso esperar con paciencia. La misteriosa frase de nuestro amigo José Antonio, “la felicidad es tan habitable como el andén de un AVE”, cobra aquí sentido y proporción. Porque quizás la felicidad no consista específicamente en tomar el tren, sino en tener la certeza de que va a llegar, de que nosotros lo tomaremos y de que nos conducirá a buen término.

Pensamos, casi siempre, en la felicidad como si se tratara de una situación estática donde el gozo logrado nos inundará de paz y de sosiego Pero es posible que nuestra mayor felicidad consista en el dinamismo de lo que vamos siendo, en saber tomar cada día ese tren que nos conduce al objetivo único, en saber gozar más de las “inmanencias” que de las “trascendencias”.

No hay comentarios: