lunes, 31 de marzo de 2008

Escribe Fernando

Supongo que “el regalo” que me agradece Violeta, de regreso de la Holanda coloreada y encendida por Van Gogh, son los versos en Octava Real que le escribí en mi entrada al blog del pasado día 15.
También nosotros nos alegramos de tenerte de nuevo aquí, como si nada, Violeta…


Pensando y contemplando ahora el panorama de “amor sin fronteras” que nos despliega José Mª, he ido a mirar de nuevo las palabras finales del excelente libro que he leído en estos días pasados, la autobiografía de Claire Goll, ya citado y comentado aquí. Después de afirmar en la última página ella que a los ochenta y cinco años se vibra como a los dieciséis, que la edad es una convención, que el amor no tiene nada que ver con la fecha de nacimiento, ni con la belleza o la salud, que “las arrugas se graban en el rostro, no en el corazón o en el sexo”, y que con ochenta y cinco años ella “sigue escribiendo y aún podría amar”, concluye con esta confesión final:
Yo he hecho todo lo que he podido: he dado mucho amor y recibido aún más. De mis días y mis noches, es todo lo que me queda”.


Había afirmado, pocas líneas antes, que “la vida es un sueño que uno atraviesa como un sonámbulo”, y de ella, de la vida, contabilizada en días y noches, año tras año durante ochenta y cinco, lo único que le queda es eso: el amor, lo único que la trasciende. Sin fronteras

José María, escribe

Esta mañana he estado viendo una película que no vi en su momento: "El paciente inglés". La daban en una de las muchas cadenas “visibles” de la tele y me llamó la atención por los "oscars" que ganó y por la muerte hace unos días de su director. Me ha gustado. Triste y hermosamente profunda en el amor. Relaciones humanas desgarradas, fronteras de países trazados por los hombres... Y un amor sin fronteras. Todo un cúmulo de sentimientos, arropados por una fotografía y una banda sonora muy acorde. Son los hombres los que marcan las fronteras geográficas... El amor no las marca nunca. Al contrario, pervive, cada vez con más fuerza y consistencia, a través de las bombas, de los mapas geográficos, de las arenas rojas del desierto y de los oscuros vericuetos del camino. No hay ni tiempo ni distancias para él. ¡Hermosa y delicada y cuidada película!

domingo, 30 de marzo de 2008

Fernando escribe

He estado buscando un soneto que compuse hace meses, mirando a mi hija, Julia Victoria, junto al mar. Por qué he necesitado encontrarlo lo podrá comprender, quizás, quien quiera leerlo, una vez que lo haya leído… Aquí está:






A MI HIJA, JUNTO AL MAR


Tú que eres sólo fruta y paisaje
nada sabrás de mis cavernas duras.
Tú que miras la vida entre el celaje
plata y azul de las mañanas puras,

y rosas finge en tu frente el tatuaje
que moldea un pleamar de olas y blancuras
cuando en la playa te mece el oleaje…
¡que no te amargue el mar con mi amargura!

Mientras te estoy mirando, y no me sabes
en la caverna cruel en que hoy me alojo,
me alumbro con la lumbre de tus ojos,

me vuelo con el vuelo de tus aves,
me sueño en tus crepúsculos suaves
y me amanezco azul, violeta, rojo…

sábado, 29 de marzo de 2008

José María, escribe

A PROPÓSITO DE UNOS VERSOS DE FERNANDO, PSICÓLOGO Y POETA, DESDE LA LUZ DE MI FILOSOFÍA:

Nuestro blog, como lo ha sido siempre, es, sobre todo, vivencia en la palabra. La filosofía y la poesía (también la psicología, como después diré), servidores e intérpretes de dioses, como el mismo Platón las estimaba, comparten los niveles de un “logos” misterioso y profundo que se encierra en el hombre.

El filósofo se admira en lo inmediato para lanzarse pronto a la aventura de ultimidades nuevas. Con preguntas, muchas veces de imposible respuesta, trata de desvelar las sombras que rodean al misterio y al hombre. Su afán es laborioso. Pero tras el esfuerzo, parece vislumbrar, entre la bruma densa que lo oscurece todo, la realidad diáfana de lo absoluto. Al menos, lo pretende.

El poeta, igual que el filósofo, porque ambos viven en la sabiduría, también comparte sueños de conquista. Es otra forma de conocimiento, tan veraz y tan lúcida como la del filósofo. Lo que tiene ante sí, el poeta, lo traduce en sentimientos y palabras íntimas. Su actitud, que es creadora, configura el mundo desde un “logos-verbo” -metáfora y ensueño- que recrea lo real, lo cotidiano, siempre en vida nueva. Todo en su acción creadora es don, hallazgo, temblor de cercanía buscada, expresada y, al final, conseguida.

El filósofo, buscando la unidad se acerca al Todo. El poeta, aunque ve la unidad, vive el placer de lo cercano e íntimo, gozándolo en una especie de ensoñación divina. Toca y vive lo múltiple y lo encierra en su unidad creadora que es trascendente y mágica.

Nuestro blog suena también con músicas y acordes de análisis profundo y humanista. Se afana en conquistar lo humano retrazando caminos, entre murmullos que impiden, normalmente, la visión y el acceso. Cuando “la voz humana susurra íntimas confidencias”, como dice Fernando, el hombre se descifra y el ser humano se transforma, buscando comprender lo escondido y profundo del corazón humano.

viernes, 28 de marzo de 2008

Fernando escribe

Antesdeayer fue el cumpleaños de Julia, y el día 3, el de Julia Victoria. Esta, mi hija, acompasa por aquí, estos días (que acude a cita médica atrasada), sus risas y sus gritos, y lo aprovecharemos para celebrar mañana, en anticipo, sus veintiuno cumplidos. Pensándolas y sintiéndolas a ellas, a las dos, he compuesto unos versos, reflejos del estupor que me desboca la fugacidad vertiginosa de sus sendos años transcurridos…


Te lo vengo diciendo, y no lo oyes, que en el amor
no hay nada: flor de un día (te avisaron),
pelusa blanca a la mar y pelillos al viento,
nido de abandonadas gaviotas
y vencejos…¿qué quiere decir nada?


Te lo vengo diciendo,
que el amor sólo es eso: fogata deshecha
y apagada, anegada de lluvias,
eco desvanecido en hebras filiformes
con voz de violines, deshilachada,
rumor de caracolas pleistocenas,
ola blanca que estalla en mil espumarajos
contra los acantilados del olvido,
nieve sucia, derretida bajo cualquier pisada…


Te lo venía diciendo: ¿Qué fue de tantas penas
en negros pozos de recuerdos ahogados,
tanto fragor de rosas encendidas,
de ternura espigada al amarillo viento
de la mies y del alma,
de tanto campo dormido en el murmullo de oro
de la luna creciente y colorada.

Te lo vengo diciendo: que es el amor
una centella errante por los cosmos,
que es súbita laguna abandonada,
volcán petrificado, y lágrima en los dedos
que dibujan caricias, las que desangran sueños
en alargados letargos moribundos.

Te lo vengo diciendo:
que es el amor clamor alucinado
de oscuras calaveras, y nudo de verdugo
en la garganta, y pálpito insistente por las sienes
dolidas del alma de la flores..

¿No lo sabes? Que el amor es inocencia de ángeles
caídos, y pecado mortal de los apóstoles
de todas las edades, y estertor de niños perdidos
por los bosques oníricos, y gemido de joven parturienta,
como granos de arroz sobre la tumba
de tantos desengaños…

Que el amor es el alfa fundadora del hélade
y la omega terminal del caos ineluctable
y el más cruel desgarro de la aventura humana,
atávico termómetro que revienta las nubes
y las diluye en aguaceros .

Te lo vengo diciendo: que en el amor
te hiciste, y en el amor se cerrarán tus párpados
en la noche de mi infinita ausencia…
y fue el amor quien alumbró tus días
con sus rosados dedos silenciosos,
y el que azuló tus ojos en las tardes doradas
y el que incendió de sueños tus crepúsculos tristes,
y alucinó con rayos tus tormentas, y apaciguó
tus encrespados anhelos de sosiego…

Que fue el amor, que sí..., ¿no lo sabías?

Te lo vengo diciendo: que sin amor
no hay nada.

martes, 25 de marzo de 2008

José María, escribe

La última entrada de Fernando me sugiere una reflexión sobre las “miradas” del hombre. Lo objetivo del ser, en nuestra apreciación cotidiana, sólo es apariencia. (Lo he dicho, en otras ocasiones). Y porque, normalmente, sólo percibimos la “patencia de lo que nos rodea”, nos es posible parcelar la realidad con visiones distintas. Vemos las cosas con la dimensión que nos impone no sólo nuestra evolución interior sino también la historia personal que acumulamos en nuestra relación con lo que nos rodea.

Contemplamos, a veces, las cosas con mirada joven, “con alegría infantil”. La visión de lo que nos rodea es deslumbrante entonces, novedosa, única. Gozamos en la “superficie de la vida” y nos sentimos felices en el color radiante que produce el “neón”.

Diferente es la mirada madura, austera, secreta, de “corazón oculto”. Se da en el hombre “asceta”, curtido ya por años, por experiencias múltiples, por culturas e historias, que fueron hegemónicas, pero que ya murieron. Es este el hombre de la “vieja Europa”. No cuenta ya el “instante”. Se desea el logro de la meta estable, la perspectiva única que da auténtico sentido a lo que hay.

Existe, también, claro, otra mirada: la que llega a penetrar lo oculto, insinuado, a veces, en la palabra humana. Es música latente que, como acorde omnipresente y único, revela la belleza de infinitos mundos coralinos, guardados bajo un mar que va y que viene entre su calma y su rumor de olas. Esta mirada sabe superar los múltiples paisajes aparentes y llega a desentrañar el misterio callado, silencioso, pero enormemente bello, que el corazón soporta.

Quizás pretendamos apreciar estas miradas como simultáneas. Pero son sucesivas. Necesarias para madurar. Ninguna de ellas es mejor que las otras. Son, simplemente, miradas complementarias de un hombre que camina... Y el camino se hace de etapas diferentes. El error estaría en creer que alguna de ellas es definitiva y que es capaz de poseer la apreciación exclusiva de lo que es, en su riqueza, múltiple y real.

lunes, 24 de marzo de 2008

Fernando escribe

En el excelente libro que vengo leyendo estos días, autobiografía de la escritora alemana Claire Goll, cuenta ella que, estando exiliados en Nueva York, el pintor Mondrian, a quien le encantaba esta ciudad, le comentó “con alegría infantil”, después de uno de sus paseos: “Se diría que la gente ha olvidado sus problemas al otro lado del océano. Aquí, nada de vida interior, de drama, de tristeza… Deberíamos vivir todos así, en la superficie de la vida, en la superficie de las cosas. En la vieja Europa, el interior cuenta demasiado, el corazón, las intenciones ocultas, los sentimientos secretos: los hombres quieren comprenderse. Aquí tratan de entender lo que pasa fuera, en el instante. El mundo de mañana será como Broadway, con todas las luces en la fachada…”. (Buena distinción entre comprender y entender)
…Y yo que, por mi profesión, vivo sumergiéndome cada día en los “espacios interiores”, dudo que pueda haber nada más bello, más alucinante, más estremecedor, que ese arrecife de coral que se descubre tantas veces en los fondos del corazón humano (bajo una capa tal vez de deshechos hediondos).
Creo que fue en mi libro A corazón abierto donde confesé que, cuando alguien me ha preguntado alguna vez cuál es la música que más me gusta, nunca llego a más que a esta respuesta: la de la voz humana cuando susurra sus íntimas confidencias. (Será ésta, quizás, mi ‘deformación’ profesional).

jueves, 20 de marzo de 2008

José María, escribe

Jueves Santo. Reflexionando sobre el “misterio”, en la Semana Santa.

Se escucha lejos, allá en la cabecera, el golpe del tambor. La trompeta nos reclama silencio... Suena, al fin, la saeta: el sentimiento, hecho voz y plegaria, habla palabras largas de emoción y vivencia. El paso procesional camina lento... Se mece al ritmo de un vaivén, tierno y silencioso, del costalero anónimo. Hay en el aire un vientecillo, entre sencillo y místico, que todo los traspasa.

¡Qué notable la liturgia simbólica del pueblo! La imagen de la divinidad tiene que “ocultarnos” al dios -“misterium mágnum”- y, al mismo tiempo ponérnoslo a la vista. La divinidad debe seguir estando lejos, a pesar de la imagen. Los hombres, por ello, para acercarse a Dios, para implorarle, necesitan un intermediario, un mediador que acceda a la montaña mágica donde habitan los dioses. La imagen es el intermediario. En ella la divinidad se patentiza y el pueblo implora, al pie de la montaña, con temor y temblor...

En estos días lo oculto del misterio se nos pone a la vista. Como en una increíble y simbólica catequesis, percibimos la misteriosa historia de Jesús, el Nazareno, hecha imagen y símbolo. Y aunque la esencia de la imagen divina no radica en su semejanza con el ser humano, su historia, contada de forma antropomórfica, sin duda nos acerca al misterio y nos hace entender el poder que irradia siempre un dios que nos trasciende.

miércoles, 19 de marzo de 2008

Antonio escribe

Ayer me dio por hacerlo. Me refiero a ir al entrañable barrio de El Palo y dar mi paseo mañanero por ese viejo barrio que despertó mi recuerdos escondidos en alguna parte de la caverna en la que guardamos toda nuestra vida. Vi el colegio de los jesuítas en cuya fachada principal se encontraba un cartel anunciador del 125 aniversario de su fundación. Así es El Palo, viejo y joven a la vez, lleno de vida ya vivida y de vida pendiente de ser realizada. Recordé los ratos de playa y espetos en Casa Pedro, en La Hija de Agustín. Me vino a la cabeza, escapándose por alguna grieta desconocida, el recuerdo del "melillero", que pasa siempre a la una del mediodía, justo la hora en la que en verano cada familia comía su aperitivo en la playa. Son recuerdos de un ayer que se perpetúan hoy con otras caras, otras gentes, que ocupan los huecos dejados por los que ahora nos encontramos en lugares diferentes. Fui a la librería Perea, donde siempre compraba mis períodicos y me encontré las mismas caras con algunos años más en los rostros. Reconozco que debo ser un romántico porque me gusta pasear por ese mar sin olas de mis recuerdos. Allí encontré también mi trocito de Jardín.

martes, 18 de marzo de 2008

Escribe Fernando

En algún sitio he leído que, según el escritor alemán conocido por Novalis, después de la caída bíblica de nuestros primeros padres, el Edén fue repartido en fragmentos por toda la tierra. Y que por eso es tan difícil encontrar ese Jardín de la Felicidad.

Y yo confieso que, en estos días de sol mediterráneo, sentado en mi terraza junto a Julia, con un libro entre las manos, a cercana distancia del mar, enorme, encendido en tonalidades turquesas y plateadas, he llegado a sentir y a pensar, al ritmo verde de palmeras cimbreantes, de yucas, ficus, pitas y plataneras salvajes, que hasta aquí me ha llegado un pequeño fragmento de ese mítico Jardín...

domingo, 16 de marzo de 2008

José María, escribe

Es Domingo de Ramos. La antigua tradición -doméstica y familiar-, mandaba, en este día de soles, de palmas y de olivos, vestirse con más primor que nunca: “endomingarse” de manera especial. Por esto, la paleta del pintor costumbrista, tiene hoy tonalidades nuevas, suaves, pueblerinas... ¡Sale “La Borriquilla!

Desde mi ventana -esta atalaya vieja de idas y venidas- miro, entre alegre y curioso, como la gente va tomando sitio al borde de la acera. Ya se vislumbra cerca el Paso de Misterio: “La Borriquilla”. El pórtico procesional de la Semana Santa...

Poco a poco, abriéndose camino entre la cada vez mayor chiquillería, como preludios obligados de toda procesión, van pasando carritos ambulantes que en un pequeño ritual consumista, ofrecen a los niños juguetes de cartón, trompetas y tambores, pipas, almendras, manzanas acarameladas... A lo lejos asoman ya los “capirotes blancos”. Es la larga fila de los “penitentes”. Los “capataces” ordenan las maltrechas filas... Se acercan a tribuna. Las velas, apagadas por el viento o por el largo recorrido procesional, vuelven a encenderse. Se restituye el orden. Resuena otra vez el grito ritual del costalero... Cimbrean los varales... Crujen las maderas del trono... El humo del incienso endulza con su olor la calle... Trompetas y tambores quiebran el silencio recogido de la gente que mira... “La Borriquilla” avanza. La Madre mira al Hijo, entre sus aterciopeladas bambalinas de palio... La ciudad santa -una Jerusalén que es término final del Domingo de Ramos- se ve ya próxima, cercana en horizonte.

Así veo, desde esta mi atalaya -tribuna improvisada-, el Domingo de Ramos. Todo respira triunfo y alegría. Los niños, igual que hicieron los antiguos Hebreos, protagonizan, con sus palmas amarillas y sus ramas de olivo verde y plata, la expresión ritual y simbólica de una realidad que todos los años se ritualiza como vivencia incuestionable de fe y de expresión religiosa para muchos.

sábado, 15 de marzo de 2008

Escribe Antonio

Queridos amigos José Mª y Fernando:

Ayer tomamos el coche y hoy hemos despertado frente al mar que a mí me gusta llamar "el mar de las esquinas". Aquí casi siempre amanece el día en tonos grises, que borran elhorizonte, una línea que aquí sirve para que agua y cielo se abracen. Dentro de un rato podé ver ese abrazo, cuando el señor sol imponga su fuerza sobre el tímido "taró", una expresión local que define la niebla que viene desde el mar. Me espera un espeto de sardinas, un vaso de buen vino y una ensalada de pimientos para comer, y la fiesta de cumpleaños, de sus cuatro añitos, de mi nieta Gloria.

Reconozco mi debilidad por los amaneceres. Desde mi acristalada terraza hevisto la fuerza de la naturaleza, o su secreto. Muchas veces me hepreguntado, ¿cuál es el secreto de la naturaleza, ese secreto que lepermite durar tanto tiempo si se la compara con los humanos? He llegado auna conclusión que os va a hacer sonreír: a la naturaleza no le agradaestar siempre en primera línea, ella se oculta al menos una vez cadadía/noche; el sol se oculta por la noche y renace con toda su fuerza, lasmontañas desaparecen por la noche, como si tuvieran ojos que sólo ven enpresencia de sol, la luna necesita de la oscuridad para mostrar todo suesplendor pero, con prudencia, se retira cada mañana. Los humanos creo quesomos diferentes. Necesitamos estar siempre visibles. Por eso pasamospronto de moda, por eso nos hastiamos unos de otros. A menos que aparezcala amistad, el amor, o cualquier otra sinrazón desinteresada y generosa.En fin, no os canso más. Que tengáis un felicísimo día y unas magníficasvacaciones.

Escribe Fernando

En agradecimiento a la animosa generosidad de Violeta, le he compuesto una poesía. Está escrita en métrica clásica (al estilo de la renacentista Octava Real), aunque con colores de cuadro expresionista:


Para ver a Violeta
no bastan sólo los ojos…
Se requiere una paleta
de azul, amarillo y rojo
que perfile su figura
y configure su alma:
por fuera, de mar en calma,
por dentro, sol que fulgura.



Dedicado a nuestra amiga Violeta que estos días, en la verde Holanda, estará alumbrando sus ojos con la belleza rugiente de los cuadros de Van Gogh.

viernes, 14 de marzo de 2008

Escribe Antonio


Queridos amigos José Mª y Fernando:

Hoy he tenido, supongo que como casi todo el mundo, una mañana llena de trabajo. He buscado un momento para poder escribir a mis queridos amigos de siempre. Mi etapa linarense como director de la Escuela Universitaria de la que tú, José Mª, eras Jefe de Estudios, dejó en mí una huella imborrable. Reconozco que descendí del globo de cristal en el que nos encontramos los científicos muy frecuentemente, y yo personalmente, al mundo real, al universo de las personas reales. Comprendí el tesoro que tenía frente a mí o a mi lado. Y aprendí.
La amistad no necesita, como el amor, del trato continuado, del contacto: es más generosa y más agradecida. ¡Qué bonito día hace!
Un fuerte abrazo
Antonio

José María, escribe

En esta tarde de reencuentros, cuando por primera vez me asomo a este nuevo blog, “Diario Atemporal”, para compartir vivencias y amistad con Fernando y Antonio y con todos los que queráis compartir con nosotros vuestras ideas y vuestras vivencias, abro un puente de diálogo que hoy no tiene espacios ni tampoco orillas. Esta es la cualidad de la amistad: no necesita la presencia continua. Le basta con sentir, naciendo cada día, que el amigo está ahí y que su palabra sabe a afecto profundo, incondicional siempre, que trasciende el tiempo y el espacio, porque es “atemporal”. Hoy, otra vez, encuentro a mis amigos de ayer, que serán siempre.

Fernando escribe

Cuando de regreso a casa después de mi diario trabajo terapéutico, me detengo en el semáforo, en los alargados atardeceres, antes de atravesar al paso de cebra de la amplia Avenida de Vallellano, si levanto la vista, veo, iluminado entre los árboles (¡ay, las jacarandas malvas del parque), el ventanal de nuestro salón encendido y, con frecuencia a Julia, haciéndome señas de bienvenida tras los cristales…
(Y en la pasada Navidad, las luces del Árbol destellando guiños de sus ojos multicolores)

Algún día, esta imagen será recuerdo; y aventará, en el que sobreviva de nosotros, llamaradas de añoranza y de felicidad.