Ayer me dio por hacerlo. Me refiero a ir al entrañable barrio de El Palo y dar mi paseo mañanero por ese viejo barrio que despertó mi recuerdos escondidos en alguna parte de la caverna en la que guardamos toda nuestra vida. Vi el colegio de los jesuítas en cuya fachada principal se encontraba un cartel anunciador del 125 aniversario de su fundación. Así es El Palo, viejo y joven a la vez, lleno de vida ya vivida y de vida pendiente de ser realizada. Recordé los ratos de playa y espetos en Casa Pedro, en La Hija de Agustín. Me vino a la cabeza, escapándose por alguna grieta desconocida, el recuerdo del "melillero", que pasa siempre a la una del mediodía, justo la hora en la que en verano cada familia comía su aperitivo en la playa. Son recuerdos de un ayer que se perpetúan hoy con otras caras, otras gentes, que ocupan los huecos dejados por los que ahora nos encontramos en lugares diferentes. Fui a la librería Perea, donde siempre compraba mis períodicos y me encontré las mismas caras con algunos años más en los rostros. Reconozco que debo ser un romántico porque me gusta pasear por ese mar sin olas de mis recuerdos. Allí encontré también mi trocito de Jardín.
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