Jueves Santo. Reflexionando sobre el “misterio”, en la Semana Santa.
Se escucha lejos, allá en la cabecera, el golpe del tambor. La trompeta nos reclama silencio... Suena, al fin, la saeta: el sentimiento, hecho voz y plegaria, habla palabras largas de emoción y vivencia. El paso procesional camina lento... Se mece al ritmo de un vaivén, tierno y silencioso, del costalero anónimo. Hay en el aire un vientecillo, entre sencillo y místico, que todo los traspasa.
¡Qué notable la liturgia simbólica del pueblo! La imagen de la divinidad tiene que “ocultarnos” al dios -“misterium mágnum”- y, al mismo tiempo ponérnoslo a la vista. La divinidad debe seguir estando lejos, a pesar de la imagen. Los hombres, por ello, para acercarse a Dios, para implorarle, necesitan un intermediario, un mediador que acceda a la montaña mágica donde habitan los dioses. La imagen es el intermediario. En ella la divinidad se patentiza y el pueblo implora, al pie de la montaña, con temor y temblor...
En estos días lo oculto del misterio se nos pone a la vista. Como en una increíble y simbólica catequesis, percibimos la misteriosa historia de Jesús, el Nazareno, hecha imagen y símbolo. Y aunque la esencia de la imagen divina no radica en su semejanza con el ser humano, su historia, contada de forma antropomórfica, sin duda nos acerca al misterio y nos hace entender el poder que irradia siempre un dios que nos trasciende.
Se escucha lejos, allá en la cabecera, el golpe del tambor. La trompeta nos reclama silencio... Suena, al fin, la saeta: el sentimiento, hecho voz y plegaria, habla palabras largas de emoción y vivencia. El paso procesional camina lento... Se mece al ritmo de un vaivén, tierno y silencioso, del costalero anónimo. Hay en el aire un vientecillo, entre sencillo y místico, que todo los traspasa.
¡Qué notable la liturgia simbólica del pueblo! La imagen de la divinidad tiene que “ocultarnos” al dios -“misterium mágnum”- y, al mismo tiempo ponérnoslo a la vista. La divinidad debe seguir estando lejos, a pesar de la imagen. Los hombres, por ello, para acercarse a Dios, para implorarle, necesitan un intermediario, un mediador que acceda a la montaña mágica donde habitan los dioses. La imagen es el intermediario. En ella la divinidad se patentiza y el pueblo implora, al pie de la montaña, con temor y temblor...
En estos días lo oculto del misterio se nos pone a la vista. Como en una increíble y simbólica catequesis, percibimos la misteriosa historia de Jesús, el Nazareno, hecha imagen y símbolo. Y aunque la esencia de la imagen divina no radica en su semejanza con el ser humano, su historia, contada de forma antropomórfica, sin duda nos acerca al misterio y nos hace entender el poder que irradia siempre un dios que nos trasciende.
No hay comentarios:
Publicar un comentario