viernes, 13 de junio de 2008

LA FELICIDAD, NUESTRA COMÚN PALABRA


JOSÉ MARÍA, escribe

Amigos Antonio y Fernando: he asistido silencioso a vuestro diálogo sobre la felicidad. Y me he admirado al comprobar la gran calidad que late en vuestras líneas... Los “colores del agua” de estos ríos, turbulentos o plácidos, del fluir cotidiano, al tornarse diáfanos, se ofrecen en una rica paleta de color, para pintar lo que es la vida auténtica del vivir de siempre.

Me he preguntado, a veces, si la felicidad se vive solamente de manera individual. Es pregunta crucial. Y me respondo ahora, a la vista de vuestra sincera reflexión sobre el tema, que no hay ni egoísmo ni individualidad solipsista cuando la vida se comparte, cuando la vivencia, la emoción y el afecto, (los colores de la amistad), se viven en comunión con otros. Así he contemplado, en esta casi cercana lejanía, nuestro ya prolongado diálogo: como un “feliz” encuentro... En vuestra palabra -y en la mía, también-, la felicidad se corporeiza. Y, así, vibramos juntos contemplando estas hermosas aguas que descienden, encendidas en colores brillantes, desde los altos montes. Corren felices nuestras propias aguas...

Asumir lúcidamente nuestra vida, compartirla con otros, es vivir felizmente. En aunar horizontes de vida, en vivenciarlos juntos, se guarda nuestro destino ineludible hacia la felicidad común. Profundizarla más, es potenciar nuestro mejor “color”, nuestro mejor “ser hombres”...

San Agustín lo sintetizaba bien: “bene vivere” (vivir una vida buena, auténtica, compartida) es, sin duda, “beate vivere” (vivir felizmente).

INTELIGENCIA EMOCIONAL

FERNANDO escribe:


Amigo Antonio: Impresionante el testimonio de felicidad y de “buen metal” personal que nos has trasmitido, precisamente hoy, el día de tu nombre, Antonio que, por su etimología, significa “florecido” (un árbol florecido es signo universal de felicidad).
Aunque un ejemplo, el tuyo, vale más que mil palabras, voy a añadir un touche psicológico el concepto de Felicidad. Muchas personas orientan sus esfuerzos a liberarse de lo que no quieren ser, a evitar dirigirse adonde no quieren llegar, cuando lo importante es invertir las fuerzas en conseguir ser lo que se quiere ser y en alcanzar las propias metas. Es lo que hoy se entiende, con Goleman, por inteligencia emocional, que define a la persona integralmente inteligente, como lo eres tú, y representa al prototipo de “hombre autorrealizado” que delineó Abraham MASLOW. La verdadera inteligencia es la inteligencia emocional, no lo olvidemos, la que consiste en la capacidad de organizar nuestras emociones, y la orientación de nuestra existencia, a pesar de todas las dificultades y contratiempos, hacia el verdadero objetivo final de todo ser humano: la Felicidad. Pero a sabiendas de que la Felicidad no es solamente la meta, sino que también es el camino, inteligentemente trazado y elegido, y gozosamente recorrido...
Haciendo referencia función autorreguladora del YO, les solía proponer a mis alumnos de Psicología esta reflexión, (a partir de la experiencia de paciencia y perseverancia que todos derrochamos para aprender a conducir el automóvil) que merece mucho la pena y el esfuerzo de derrochar paciencia, ilusión y perseverancia en “aprender a autoconducirnos”, único modo de poder alcanzar nuestros auténticos y personales objetivos existenciales y seguir el camino que nos conduce a nosotros mismos. Y esto es para mí la Felicidad. Saber que dirigimos nuestra vida hacia nuestras propias metas y que avanzamos paulatinamente, con ilusión, paciencia, perseverancia y alegría, en ese camino.
Rabindranath Tagore escribió que no se sentía feliz: “Mi corazón está triste porque no sabe a dónde lo están llamando”. Cuando sepamos, con conscienca de nosotros mismos, a dónde nos llama nuestro corazón, y avancemos en ese camino, experimentaremos, como tú, eso que se llama Felicidad.

Antonio escribe

Gracias Fernando por la contestación a mi entrada "A vueltas con la felicidad". Es cierto, la felicidad puede consistir en vivir, simplemente. Yo tambíén atravesé momentos de dificultad cardiovascular y, cuando superé el más delicado de todos, al abrir los ojos me sentí inmensamente feliz. Había superado el momento agudo. Ya han pasado más de diez años de aquel momento singular. Ahora dejo volar mi recuerdo para contemplar los días de mi infancia y juventud, los duros entrenamientos en el instituto, las dificultades que tuvimos para echar a andar el cineforum en el instituto. Dejo a mi recuerdo que juegue con la cara de la primera chica por la que sentí algo, me entretengo con las primeras imágenes de mis primeros ensayos teatrales, dirigidos por el insigne Martín Recuerda, me enredo con las caras de los que frecuentábamos los primeros guateques, algunas ya desaparecidas para siempre, me deleito con la primera imagen que tuve de Granada un día 2 de septiembre de 1950, con la visión del primer tranvía que vi en mi vida. Y todo ello me lleva a sentirme como en un nirvana de felicidad. De una felicidad incompleta porque "el recuerdo te provoca satisfacción pero no felicidad". Entonces dejo volar mi imaginación para ver la vida que todavía no he vivido, la vida auténtica, porque la vida es siempre lo pendiente de vivir. Y a veces coincido con Carmen Martín Gaite y su libro "Lo raro es vivir". Entonces siento también esa clase de felicidad incompleta, porque lo no vivido no produce felicidad sino ansiedad, ilusión y, a veces, desasosiego. Todo ello dentro de la felicidad. Finalmente, despierto de mi letargo -el recuerdo y la imaginación- y sitúo los pies en el suelo, y me aferro a la vida de este instante, y me pregunto si soy feliz. Y llego a la conclusión de que sí. Y vuelvo a emplezar recordando a Carlos Cano, como tu muy bien lo decías en tu intervención última, y después dejo volar mi imaginación y luego mis recuerdos. Somos péndulos que oscilan entre la utopía del recuerdo y la imaginación y el realismo vitalista del sentir de cada momento y, posiblemente, en este ir y venir, en ese movimiento oscilatorio y pendular, veamos el mundo, el mundo que existe en este momento, el que existió y el que tendrá que venir. Y de esta sencilla forma nos sentimos felices. Dicho en otras palabras, la felicidad podría consistir en hacer un mundo completo, una vida completa de cada instante de nuestras vidas.

jueves, 12 de junio de 2008

FELICIDAD Y/O SATISFACCIÓN

Fernando escribe:

Sí, Antonio, a pesar de todos los contratiempos que relatas, no puedes disimularlo: eres un hombre feliz. Le escuché a tu paisano, el cantante Carlos Cano, en una entrevista televisiva a raíz de una operación que le practicaron en Nueva York, que él se había preguntado muchas veces, igual que todo el mundo, qué es la felicidad, y que ahora, después de haber estado al borde de la muerte, ya lo sabía: La felicidad es vivir, a pesar de todas las insatisfacciones y contratiempos que la vida conlleva. Yo diría que sí, que es saber conectar con la vida que bulle dentro de nosotros mismos y que se expande, con el dinamismo de la alegría, la ilusión y la esperanza hacia su plenitud y autorrealización.

Erich Fromm , en su libro “Psicoanálisis de la Sociedad contemporánea”, nos viene a decir, entre otras muchas cosas, que el animal “es feliz” si sus necesidades fisiológicas (hambre, sed, descanso, apetito sexual…) están satisfechos. En la medida en que la persona es también animal, estas necesidades son en ella igualmente imperiosas y deben ser satisfechas para sobrevivir. Pero en la medida en que la persona es, no sólo animal, sino también humano, “tener esas necesidades instintivas satisfechas no basta para hacerlo feliz, ni basta tampoco para mantenerlo sano”. Conviene clarificar bien la diferencia entre los conceptos experienciales de Satisfacción y Felicidad, que con tanta frecuencia confundimos o superponemos. Y acuérdense del antiguo apólogo “La camisa del hombre feliz”: que aquel hombre feliz no tenía camisa…

A vueltas con la felicidad

Antonio escribe.

He leído con atención la entrada de José María relacionada con el concepto de felicidad. Realmente, nuestro querido filósofo ha vuelto a dar una lección de filosofía. Desde el punto de vista filosófico, insisto, el tema ha quedado perfectamente acotado. Si uno entra en el diccionario de la Real Academia de la Lengua, uno encuentra tres acepciones a este concepto: a) la primera está relacionada con la posesión, como decía José María, y es el estado del ánimo que se complace con la posesión de un bien; b) la segunda, representa un estado de ánimo de satisfacción, gusto o contento, y c) la tercera acepción consiste en algo que nos viene y valoramos como suerte feliz.
A mí me gustaría analizar la felicidad como ese estado del ánimo de satisfacción, gusto, suerte feliz o contento porque creo que representa el sentir cotidiano de la gente. Me siento feliz, no soy feliz, cuando estoy contento, experimento una sensación de suerte feliz y, a veces, sólo a veces, ese estado deriva de la posesión de algún bien. En general, valoro más el estado del ánimo.
La felicidad es una apreciación subjetiva, como el dolor. Nadie dice "me duelo" sino "me duele". Es decir, me duele a mí. De la misma forma que nadie puede decir "soy feliz", sino "me siento feliz", ahora y en este preciso momento, sin que ello suponga que he alcanzado un peldaño de la felicidad del que ya no podré descender. Lo que menos importa en la felicidad son las causas que la producen. Si las conozco, mejor. Sin embargo, una parte importante de mi felicidad no depende de mí sino de lo que me rodea, de lo que hemos llamado las causas que la producen.
Pongo un ejemplo, una persona que se levanta con una gran sensación de felicidad debe ser considerada una persona feliz, aunque no haya causas para ello. Esa persona sale a la calle y se le tuercen las cosas, porque no llega el autobús a su hora, porque está metido en un atasco de tráfico, porque llega a su trabajo y le dan una órdenes inaceptables, porque el café sabe mal, porque se ha encontrado con su peor enemigo, porque... y vuelve a su casa desprovisto de esa sensación que le acompañó al levantarse. ¿Es feliz?
Perdonad estas extrañas digresiones sobre un tema tan apasionante, pero hoy he dormido a pierna suelta y me he levantado feliz, después he ido a echar gasoil y no había, he dejado el coche en casa y el autobús ha llegado media hora más tarde, he llegado a la facultad y el café estaba malísimo, y ahora mismo estoy corrigiendo exámenes y acabo de suspender a un alumno que creo es bueno.

martes, 10 de junio de 2008

EL CONCEPTO DE FELICIDAD

JOSE MARIA, escribe
Uno de los temas más complejos, discutido desde diferentes ángulos en la historia de nuestro pensamiento occidental, es el de la determinación de la felicidad. Leyéndoos, en el blog, Fernando y Antonio, me animo a abordar el asunto porque creo que puede resultar de interés su clarificación.

Tengo la impresión que estamos aludiendo, al referirnos a la felicidad, a una especial situación cenestésica, gozosa y placentera, originada por el bien conseguido. Se trata de un estado de quietud y fruición interior que se origina por la consecución o logro del proyecto anhelado. Habría, por ello, que incluir a la felicidad entre los actos de la potencia volitiva: el fin ya ha sido conseguido y la voluntad se deleita en él.

La felicidad, así, estaría cerca de la experiencia sensitiva. La fruición, consiguiente a la posesión, implica reposo, descanso, quietud en el bien poseído. Para comprenderla habría, pues, que distinguir entre amor, tendencia, posesión y gozo.

Ya Aristóteles, ante un tema de raíces psicológicas complejas como éste, partía, para determinarlo, de las tres dimensiones posibles de vida del ser humano (“bios apolaustikós”, “bios políticos” y “bios theoréticos”). E iIdentificaba, así, la felicidad con el placer, con la virtud y con la contemplación.

Aunque los autores modernos hayan tratado de la felicidad de manera diferente a como lo hicieron los antiguos y los medievales, hay algo común en todos ellos: la felicidad no es nunca un bien en sí mismo. Para saber lo que es hay que conocer el bien o bienes que la producen.

Es claro que el concepto de felicidad se inscribe dentro del “eudaimonismo”: la felicidad radica en la posesión del sumo bien. ¿Será la infinitud del bien supremo la que constituirá la felicidad total? De acuerdo a determinadas especificaciones de escuela, así se sostuvo durante mucho tiempo. Y se elaboró una ética de bienes y de fines, que fue base dominante del pensamiento ético, hasta la aparición de la filosofía kantiana.

Hoy, probablemente, habrá que abandonar estos rigores especulativos para valorar la felicidad tomando como parámetros otras significaciones más sencillas, pero, sin duda más vitales. El hombre es feliz cuando logra su proyecto, entre las múltiples y variadas gamas con las que se le ofrece la posibilidad, buena y anhelada para él.

domingo, 8 de junio de 2008

Antonio escribe

Amigo Fernando: ante todo presentar mis disculpas por el error de apreciación cometido por mí en la autoría de una de tus entradas.
Ante todo, asumo tus dos últimas entradas al pie de la letra. Hace ya muchos años leí a Schiller. Me gustaba su poesía filosófica. Un verso decia más o menos

Hemos nacido para lo mejor
y no es de locos pensar en ello.

El poema es Hoffnung (Esperanza) y más adelante decía algo así como

Que la esperanza me acompañe
hasta dentro de la tumba

Es cierto que la esperanza es uno de los componentes principales de la felicidad y también es cierta la interpretación de que la felicidad no consiste en tener lo que se quiere.

Asumo, pues, todo el discurso. Hasta tal punto que me he transformado en un casi predicador de los versos de Schiller, un predicador entre los amigos. Y digo predicador porque intento convencer de la cada uno define lo que para él es lo mejor, que decía Schiller. Y no hay nada mejor que la felicidad.

Pero el mundo es otro y nuevos alientos merodean, como decía Guillén, el granadino y poeta. Y entonces, sólo entonces, me planteo todas esas reflexiones, por ejemplo, ¿podría hoy surgir un Sócrates, el mismo de hace tantos años, y decir las mismas cosas? Entonces el hombre vivía en un lugar concreto; allí pagaba sus diezmos y primicias, allí sufría las bondades y las tiranías de sus gobernantes, allí moría a menos que uno de los gobernantes le diera por hacer una guerra, una guerra de machete y flechas, estilo "300". Allí vivía su descendencia y, a los más importantes se les reconocía por el lugar de su nacimiento (Tales de Mileto, etc). Hoy el mundo está, dicen, globalizado. Hoy una mano anónima y fantasmal se abre para llevarse nuestros diezmos y primicias. Hoy hay tantísimas personas que firman una hipoteca y ven como se modifican las bases y mes a mes deben pagar más a esa mano fantasmal. Posiblemente la semana que viene vivamos un proceso de desabastecimiento por algo que nación no sé dónde.

En este mundo nuestro somos felices porque somos capaces de desprendernos de lo extraordinario para vivir lo que sucede cada día. Pero posiblemente, sea otro tipo de felicidad. Digo que posiblemente. Por eso, no pude más que conmoverme cuando mi amiga poeta, viendo un amanecer, se sintió feliz y se preguntaba que cuánto duraría.

Pero insisto, que en el sentido filosófico de felicidad, yo me siento un hombre feliz. Y como yo muchísimos más.

sábado, 7 de junio de 2008

FELICIDAD DURADERA

FERNANDO escribe:

Amigo Antonio: Aunque me has confundido con José Mª, por lo que me siento honrado, voy a comentar algo, que quizás sirva de respuesta parcial a algunos de los interrogantes que te ha suscitado mi anterior entrada.
Recordarás que en el budismo se dice que el deseo del nirvana impide el nirvana. Porque el deseo, y en concreto el deseo de felicidad, desarraiga al YO de la realidad presente y lo coloca mentalmente en el momento de su dudosa consecución. La esperanza, sin embargo, que es otro de los componentes ontológicos de la felicidad, instala al YO en el presente: lo que hagas hoy tendrá sentido mañana, lo que hoy siembres, se recogerá mañana, porque, tú lo sabes, el aleteo de una mariposa, hoy, podrá provocar, mañana, un huracán en algún lugar.
La felicidad, igual que el amor, es una algo a experimentar en cada memento. Suelo comentar que nuestro YO renace cada día con un nuevo cargamento de amor y de felicidad (que vienen a ser “convertibles”) para gastarlo ese día.. Y me conforta recordar el dicho del sabio: “La felicidad pasajera es de quienes sólo aman lo extra-ordinario. El la felicidad, y el amor, duradero es el de quienes aman lo ordinario, porque amándolo lo hacemos extraordinario, fuente de felicidad”.
El amor exclusivizado a lo extra-ordinario adecua el deseo del YO con su fantasía, y lo hace incompatible con la realidad actual. Y es que la realidad supone una toma de consciencia del límite de las posibilidades, que adecua el amor, y la búsqueda de felicidad, a lo ordinario, conforme a la sentencia, que tantas veces hemos repetido, de Séneca: que el Yo feliz no es el de quien tiene lo que quiere, sino el de quien quiere lo que tiene. Y añado: y sabe gozar de ello, o aceptarlo con sosiego, o superarlo a fuerza de amor y de ilusión.

Antonio Escribe

A peopósito de la idea de felicidad desarrollada por José María, quisiera contaros las impresiones de una amiga con alma de poeta, andaluza como muchos de los que aquí escribimos. Me contaba lo siguiente: "Hoy he visto amanecer con todo lujo de detalles; te explico. He podido contemplar cómo miles, qué digo, millones! de puntos rutilantes desaparecían para transformarse en cielo por un período corto de tiempo. Entonces he pensado que la felicidad la alcanzamos cuando en cada amanecer hacemos como las estrellas, desaparecer durante un corto período, es decir, cuando las circunstancias no son las adecuadas para seguir resplandeciendo, para aparecer después". Y continuaba, "ahora mismo soy feliz, ¿cuánto tiempo me durará?
He pensado mucho en esta idea porque está llena de motivos de reflexión.
Primer motivo, el "soy yo y mis circunstancias" de Ortega, me lleva a considerar si la felicidad depende solamente de uno.
Segundo motivo de reflexión, en tal caso, como defiende José María, deberíamos admitir que existen diferentes tipos de felicidad.
Tercer motivo para pensar, ¿debe ser duradera la felicidad? El Paraíso creo que no es más que el intento fallido de situar a los humanos en la idea de felicidad duradera.
Pensando, pensando, me he sentido ligado a unos versos de un poeta granadino que aún vive, Rafael Guillén, que os invito a leer a continuación:

Un nuevo aliento merodea. Llegan
Otros sonidos hasta el borde y piden
Su momento para existir. Afluyen
Nuevas formas de vida
Que al final toman cuerpo y se acomodan.
Pero el tiempo ya es otro y el espacio
Ya es otro y no es posible
Revivir lo que el tiempo desordena.
Pero quedan los huecos, queda el tiempo.
El tiempo es un conjunto
De irrellenables huecos sucesivos.
Donde sonó una risa queda un hueco,
Un coágulo de nada, una lejana
Polvareda que fue,
Que ya no está, pero que sigue hablando,
Diciendo al alma que, en alguna parte,
Algo cruzó al galope y se ha perdido.

Pertenecemos a un mundo complejo: la sencilla idea de tiempo no la entendemos, el concepto de vida tampoco lo entendemos sin considerar el tiempo, el espacio en el que vivimos es inimaginable si no entendemos qué es la vida y qué es el tiempo; ¿cómo comprender, con una imagen física, un retrato, que el universo es un espacio infinito en continua expansión? No es mi intención afirmar que la ciencia es irrefutable. Si he aprendido algo de ella es que la verdad es algo cambiante. Pero pienso que nada tiene valor por sí mismo si no es en el marco del todo en el que vivimos. E incluyo aquí también el concepto de felicidad, algo tan relativo como ese bello amanecer, relatado por mi amiga poeta, en el que las estrellas dejan de ser estrellas -permaneciendo con su identidad como tales, para convertirse en cielo.

viernes, 6 de junio de 2008

¿Eres feliz?

FERNANDO escribe:
Una buena amiga y colega me manda un cuentecillo, desde la lejana Asunción de Paraguy, en cuya Universidad fui profesor invitado en mi casi olvidada juventud. Se titula el cuento: ¿…Eres Feliz?
"En cierta ocasión, durante una elegante recepción de bienvenida al nuevo Director de marketing de una importante compañía londinense, algunas de las esposas de los otros directores, que querían conocer a la esposa del festejado, le preguntaron con cierto morbo: ¿Te hace feliz tu esposo, verdaderamente te hace feliz? El esposo, quien en ese momento no estaba a su lado, pero si lo suficientemente cerca para escuchar la pregunta, prestó atención a la conversación e incorporó ligeramente su postura, en señal de seguridad, y hasta hinchó un poco el pecho orgullosamente, pues sabía que su esposa diría que sí, ya que ella jamás se había quejado durante su matrimonio.
Sin embargo, para sorpresa suya y de los demás, la esposa respondió con un rotundo: No, no me hace feliz. En la sala se hizo un incómodo silencio como si todos los presentes hubieran escuchado la respuesta de la mujer. El marido estaba petrificado. No podía dar crédito a lo que su esposa decía, y menos en un momento tan importante para él. Ante el asombro del marido y de todos, ella simplemente se acomodó enigmáticamente sobre su cabeza su elegante chalina de seda negra y continuó: No, él no me hace feliz …¡Yo soy feliz…! El hecho de que yo sea feliz o no, no depende de él, sino de mí. Yo soy la única persona de quien depende mi felicidad. Yo determino ser feliz en cada situación y en cada momento de mi vida, pues si mi> felicidad dependiera de otra persona, de otra cosa o circunstancia sobre la faz de esta tierra, estaría en serios problemas. Todo lo que existe en esta vida cambia continuamente: el ser humano, las riquezas, mi cuerpo, el clima, los placeres, etc. Y así podría decir una lista interminable…A través de toda mi vida, he aprendido algo: Yo decido ser feliz y lo demás son "experiencias o circunstancias", como ayudar, comprender, aceptar, escuchar, consolar, y junto a mi esposo lo he vivido y practicado tantas veces… La felicidad siempre se apoyará en el verdadero perdón y en el amor a si mismo y a los demás. No es responsabilidad de mi esposo hacerme feliz... Él también tiene sus "experiencias o circunstancias", lo amo y él me ama, muy a pesar de sus circunstancias y de las mías. El amar verdaderamente es difícil, es dar amor y perdonar incondicionalmente, vivir, tomar las "experiencias o circunstancias" como son, enfrentarlas juntos y ser felices por convencimiento. Hay gente que dice: No puedo ser feliz porque estoy enfermo, porque no tengo dinero, porque hace mucho calor, porque me insultaron, porque alguien ha dejado de amarme, porque alguien no me valoró! Pero lo que no sabes es que puedes ser feliz aunque estés enfermo, aunque haga calor, tengas o no dinero, aunque alguien te haya insultado, o alguien no te haya amado o no te haya valorado. Ser feliz es una actitud ante la vida y cada uno decide!... Ser feliz, depende de ti!"

Es lo que yo he pensado y he experimentado siempre, y creo que incluso lo he dejado escrito en alguna de mis entradas al blog: que nadie hace feliz a otra persona, que lo más que hacemos es compartir la felicidad que cada uno es capaz de generar dentro de sí mismo. Y así, como se dice, los gozos compartidos se suman y acrecientan, y las penas compartidas se dividen y disminuyen...
Como también he pensado siempre que nadie llena el vacío de su corazón con lo que recibe de otros, sino con lo que cada uno acumula en su corazón para dar y compartir.
Y recuerdo lo que nos dijo una vez Antonio Espinosa sobre el amor como “la felicidad imperfecta”…Porque la felicidad perfecta -le comenté entonces- es una utopía que requeriría, para su realización total, un genuino y también perfecto amor a uno mismo, que es adonde se dirige, con todo su potencial energético natural, la dinámica biológica de nuestro instinto.

martes, 3 de junio de 2008

DOGMATISMOS Y FUNDAMENTALISMOS

JOSE MARIA, escribe
Hablar de dogmatismos, de principios e ideas inconmovibles, es hablar de fundamentalismos. Para éstos “su verdad” se patenta siempre como verdad única, con valor universal y necesaria para vivir en la objetividad ética y cognoscitiva. Si este fundamentalismo sustenta un movimiento religioso “soteriológico”, las verdades únicas son el especial pasaporte para una eternidad feliz. Religión, verdad absoluta, leyes únicas e inmutables, salvación eterna..., son los mejores exponentes de los aires fundamentalistas.

Hace años escribí, en una revista universitaria, un artículo al que titulé “Moral Esencialista contra Moral Existencialista”. Buscaba las raíces, el fundamento de lo moral y analizaba la mutabilidad histórica de las verdades absolutas. Indagaba el carácter dinámico o estático de las normas éticas y analizaba, en consecuencia, el alcance de inmutabilidad y estaticidad que, hasta el siglo XIX, habían poseído algunas verdades y leyes (la Ley Natural, por ejemplo), a las que se las dotaba de un valor y carácter inmutables. Sin embargo, este sentido estático de la ley chocaba frontalmente con el carácter dinámico que se manifestaba en las corrientes filosóficas existenciales e historicistas del momento.

En mi docencia, para evitar un manifiesto relativismo, admitía una tesis que, aparentemente, solucionaba el asunto, aunque siempre me dejó la impresión de que era una solución más aparente que real. Creo que aquella solución que entonces sostenía, era más un juego de palabras que un análisis coherente y acabado del problema. Sin embargo, por la curiosidad intelectual que implicaba, os la expongo ahora.

Distinguían, los autores que abordaban con sentido avanzado y progresista el tema, entre el valor inmutable de la verdad (emanada de principios dogmáticos naturales), su manifestación contextual histórica y el conocimiento que el hombre tiene de ella. Esta distinción tripartita, aparentemente al menos, solucionaba el problema: la verdad en sí era estática, inmutable, objetiva. Su variabilidad temporal le venía dada por un deficiente conocimiento o por las limitaciones que le imponía el momento en el que históricamente se manifestaba. Nuestro conocimiento y el momento histórico están sujetos a la variabilidad de lo temporal. La verdad en sí, no. Siempre será coherente afirmar, según esta tesis, que la verdad es objetiva e inmutable y que su mutabilidad dependerá de las limitaciones cognoscitivas o de sus circunstanciales manifestaciones históricas.

Ahora, mientras escribo, he de confesar que el asunto me ha interesado siempre y que, de mil maneras, he intentado conjugar en el hombre su estaticidad, si es que existe alguna, y su dinamismo. Comprendo que el dilema es complejo. Por eso, hoy, este análisis, sobre los dogmatismos fundamentalistas y sobre los relativismos, es suficiente. Otro día profundizaremos más aún sobre el asunto.