JOSÉ MARÍA, escribe
Amigos Antonio y Fernando: he asistido silencioso a vuestro diálogo sobre la felicidad. Y me he admirado al comprobar la gran calidad que late en vuestras líneas... Los “colores del agua” de estos ríos, turbulentos o plácidos, del fluir cotidiano, al tornarse diáfanos, se ofrecen en una rica paleta de color, para pintar lo que es la vida auténtica del vivir de siempre.
Me he preguntado, a veces, si la felicidad se vive solamente de manera individual. Es pregunta crucial. Y me respondo ahora, a la vista de vuestra sincera reflexión sobre el tema, que no hay ni egoísmo ni individualidad solipsista cuando la vida se comparte, cuando la vivencia, la emoción y el afecto, (los colores de la amistad), se viven en comunión con otros. Así he contemplado, en esta casi cercana lejanía, nuestro ya prolongado diálogo: como un “feliz” encuentro... En vuestra palabra -y en la mía, también-, la felicidad se corporeiza. Y, así, vibramos juntos contemplando estas hermosas aguas que descienden, encendidas en colores brillantes, desde los altos montes. Corren felices nuestras propias aguas...
Asumir lúcidamente nuestra vida, compartirla con otros, es vivir felizmente. En aunar horizontes de vida, en vivenciarlos juntos, se guarda nuestro destino ineludible hacia la felicidad común. Profundizarla más, es potenciar nuestro mejor “color”, nuestro mejor “ser hombres”...
San Agustín lo sintetizaba bien: “bene vivere” (vivir una vida buena, auténtica, compartida) es, sin duda, “beate vivere” (vivir felizmente).
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