JOSE MARIA, escribe
Hablar de dogmatismos, de principios e ideas inconmovibles, es hablar de fundamentalismos. Para éstos “su verdad” se patenta siempre como verdad única, con valor universal y necesaria para vivir en la objetividad ética y cognoscitiva. Si este fundamentalismo sustenta un movimiento religioso “soteriológico”, las verdades únicas son el especial pasaporte para una eternidad feliz. Religión, verdad absoluta, leyes únicas e inmutables, salvación eterna..., son los mejores exponentes de los aires fundamentalistas.
Hace años escribí, en una revista universitaria, un artículo al que titulé “Moral Esencialista contra Moral Existencialista”. Buscaba las raíces, el fundamento de lo moral y analizaba la mutabilidad histórica de las verdades absolutas. Indagaba el carácter dinámico o estático de las normas éticas y analizaba, en consecuencia, el alcance de inmutabilidad y estaticidad que, hasta el siglo XIX, habían poseído algunas verdades y leyes (la Ley Natural, por ejemplo), a las que se las dotaba de un valor y carácter inmutables. Sin embargo, este sentido estático de la ley chocaba frontalmente con el carácter dinámico que se manifestaba en las corrientes filosóficas existenciales e historicistas del momento.
En mi docencia, para evitar un manifiesto relativismo, admitía una tesis que, aparentemente, solucionaba el asunto, aunque siempre me dejó la impresión de que era una solución más aparente que real. Creo que aquella solución que entonces sostenía, era más un juego de palabras que un análisis coherente y acabado del problema. Sin embargo, por la curiosidad intelectual que implicaba, os la expongo ahora.
Distinguían, los autores que abordaban con sentido avanzado y progresista el tema, entre el valor inmutable de la verdad (emanada de principios dogmáticos naturales), su manifestación contextual histórica y el conocimiento que el hombre tiene de ella. Esta distinción tripartita, aparentemente al menos, solucionaba el problema: la verdad en sí era estática, inmutable, objetiva. Su variabilidad temporal le venía dada por un deficiente conocimiento o por las limitaciones que le imponía el momento en el que históricamente se manifestaba. Nuestro conocimiento y el momento histórico están sujetos a la variabilidad de lo temporal. La verdad en sí, no. Siempre será coherente afirmar, según esta tesis, que la verdad es objetiva e inmutable y que su mutabilidad dependerá de las limitaciones cognoscitivas o de sus circunstanciales manifestaciones históricas.
Ahora, mientras escribo, he de confesar que el asunto me ha interesado siempre y que, de mil maneras, he intentado conjugar en el hombre su estaticidad, si es que existe alguna, y su dinamismo. Comprendo que el dilema es complejo. Por eso, hoy, este análisis, sobre los dogmatismos fundamentalistas y sobre los relativismos, es suficiente. Otro día profundizaremos más aún sobre el asunto.
Hace años escribí, en una revista universitaria, un artículo al que titulé “Moral Esencialista contra Moral Existencialista”. Buscaba las raíces, el fundamento de lo moral y analizaba la mutabilidad histórica de las verdades absolutas. Indagaba el carácter dinámico o estático de las normas éticas y analizaba, en consecuencia, el alcance de inmutabilidad y estaticidad que, hasta el siglo XIX, habían poseído algunas verdades y leyes (la Ley Natural, por ejemplo), a las que se las dotaba de un valor y carácter inmutables. Sin embargo, este sentido estático de la ley chocaba frontalmente con el carácter dinámico que se manifestaba en las corrientes filosóficas existenciales e historicistas del momento.
En mi docencia, para evitar un manifiesto relativismo, admitía una tesis que, aparentemente, solucionaba el asunto, aunque siempre me dejó la impresión de que era una solución más aparente que real. Creo que aquella solución que entonces sostenía, era más un juego de palabras que un análisis coherente y acabado del problema. Sin embargo, por la curiosidad intelectual que implicaba, os la expongo ahora.
Distinguían, los autores que abordaban con sentido avanzado y progresista el tema, entre el valor inmutable de la verdad (emanada de principios dogmáticos naturales), su manifestación contextual histórica y el conocimiento que el hombre tiene de ella. Esta distinción tripartita, aparentemente al menos, solucionaba el problema: la verdad en sí era estática, inmutable, objetiva. Su variabilidad temporal le venía dada por un deficiente conocimiento o por las limitaciones que le imponía el momento en el que históricamente se manifestaba. Nuestro conocimiento y el momento histórico están sujetos a la variabilidad de lo temporal. La verdad en sí, no. Siempre será coherente afirmar, según esta tesis, que la verdad es objetiva e inmutable y que su mutabilidad dependerá de las limitaciones cognoscitivas o de sus circunstanciales manifestaciones históricas.
Ahora, mientras escribo, he de confesar que el asunto me ha interesado siempre y que, de mil maneras, he intentado conjugar en el hombre su estaticidad, si es que existe alguna, y su dinamismo. Comprendo que el dilema es complejo. Por eso, hoy, este análisis, sobre los dogmatismos fundamentalistas y sobre los relativismos, es suficiente. Otro día profundizaremos más aún sobre el asunto.
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