Amigo Antonio: Aunque me has confundido con José Mª, por lo que me siento honrado, voy a comentar algo, que quizás sirva de respuesta parcial a algunos de los interrogantes que te ha suscitado mi anterior entrada.
Recordarás que en el budismo se dice que el deseo del nirvana impide el nirvana. Porque el deseo, y en concreto el deseo de felicidad, desarraiga al YO de la realidad presente y lo coloca mentalmente en el momento de su dudosa consecución. La esperanza, sin embargo, que es otro de los componentes ontológicos de la felicidad, instala al YO en el presente: lo que hagas hoy tendrá sentido mañana, lo que hoy siembres, se recogerá mañana, porque, tú lo sabes, el aleteo de una mariposa, hoy, podrá provocar, mañana, un huracán en algún lugar.
La felicidad, igual que el amor, es una algo a experimentar en cada memento. Suelo comentar que nuestro YO renace cada día con un nuevo cargamento de amor y de felicidad (que vienen a ser “convertibles”) para gastarlo ese día.. Y me conforta recordar el dicho del sabio: “La felicidad pasajera es de quienes sólo aman lo extra-ordinario. El la felicidad, y el amor, duradero es el de quienes aman lo ordinario, porque amándolo lo hacemos extraordinario, fuente de felicidad”.
El amor exclusivizado a lo extra-ordinario adecua el deseo del YO con su fantasía, y lo hace incompatible con la realidad actual. Y es que la realidad supone una toma de consciencia del límite de las posibilidades, que adecua el amor, y la búsqueda de felicidad, a lo ordinario, conforme a la sentencia, que tantas veces hemos repetido, de Séneca: que el Yo feliz no es el de quien tiene lo que quiere, sino el de quien quiere lo que tiene. Y añado: y sabe gozar de ello, o aceptarlo con sosiego, o superarlo a fuerza de amor y de ilusión.
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