A vueltas con el dogmatismo
Suscribo completamente lo escrito por Fernando bajo el título ¿dogmatismo? Mi actividad diaria me ha mostrado un camino... que se abre en múltiples veredas, infinitas veredas, imposible de recorrer todas a la vez. Os podré un ejemplo de la vida diaria: iba en cierta ocasión a Aveiro, en Portugal. Me aventurá por la sierra de la estrella. Un error si quería llegar antes, un acierto para disfrutar de un paisaje increíble y de una luna siempre frente a mí. Primer relativismo. Al llegar a un punto encontré tres caminos y en todos ellos había un carte que decía "A Coimbra". Segundo relativismo, cualquier camino vale para llegar. Me detuve, pensé y no tuve elementos para decidir por qué camino ir. Elegí uno al azar. Una hora después llegué al mismo punto fatídico. "A Coimbra", señalaban los tres carteles. Pensé que era cuestión de alargar otra hora más el viaje y eso me permitiría seguir contemplando la luna, siempre frente a mí. Otro relativismo, cada cosa tiene ventajas e inconvenientes, el valor dependerá de lo que yo decida, no de las cosas. Elegí otro camino que me llevó a Coimbra. ¿Qué habría sucedido si lo hubiese elegido en primer lugar?, pienso, y concluyo, habría llegado antes... y no habría disfrutado de esa luna, lunera, que me miraba siempre, y no me habría tomado ese café con bizcocho tan exquisito.
Otros viajan por esas tierras con planos, guias de carreteras y navegador. Llegan antes, pero nada más. No disfrutan del camino. Para ellos el camino es algo que hay que atravesar para llegar. Para mí es una forma de conocer y de conocerme. Relativismo. El de Pessoa.
Esta tarde, pensando por pensar, he escrito algo que algún día será un poema, y hoy son sólo líneas escritas que quieren decir algo.
Os lo doy aquí
A vueltas con el dogmatismo
Surcando los campos de España,
Al sur encuentro las resecas tierras,
Y al norte las mojadas, verdes praderas,
¿dónde se halla la línea que las separa?
Alguien que sabe escribir, un día escribió,
Dos Españas hay en esta tierra nuestra,
Y yo, habitante de una de ellas, inquiero,
Maestro, ¿es la mía la tierra reseca?
La España que tú habitas es reseca tierra,
mas a la que tú perteneces es otra,
está la España sin dogmas y la dogmatizada,
búscate en una y en la otra. Y a ti te hallarás en ella.
Granada, 29 de mayo de 2008
jueves, 29 de mayo de 2008
miércoles, 28 de mayo de 2008
¿DOGMATISMO?
FERNANDO dice:
Terciando en el intercambio conceptual entre José Mª y Antonio, quiero recordar haber leído unas reflexiones de mi admirado poeta luso Fernando Pessoa, sobre la desconfianza que en él generaban esas personas que se jactan de ser inconmovibles en sus principios y en sus ideas, aduciendo (Pessoa) la razón de que los principios y las ideas son, al par que las personas, evolutivos y mutantes, y requieren, para no quedar secuestrados en un inmovilismo retrógrado y dogmático, ir progresando, matizándose y adaptándose permanentemente a las nuevas circunstancias también dinamizadas y cambiantes. Ya lo sabían los viejos romanos, cuando sintetizaron la fórmula “Sapientium est mutare consilia”, reconociendo la sabiduría de flexibilizar las opiniones. En este sentido, cuando escucho decir a alguien “es que yo tengo este modo de pensar y no lo voy a cambiar”, lo contrapongo al criterio de quienes saben y opinan que el modo de pensar no “se tiene” o se cosifica, como una posesión permanente e inmutable, no está nunca hecho, sino que se va haciendo, construyendo, completando, reformando, adaptativamente, según el punto de mira desde el que, en cada etapa o momento de la vida, contempla uno la realidad, o las circunstancias incitan y estimulan a contemplarla. Realidad que es también, como fluir de los ríos, permanentemente cambiante.
martes, 27 de mayo de 2008
EL "CANON" OBJETIVO DE NUESTRO CONOCIMIENTO
JOSE MARIA, escribe
Antonio, utilizando su criterio científico, introduce en nuestro debate una variable que toca en profundidad nuestra concepción sobre la palabra y su máximo-subjetivo comunicante: el concepto de relatividad en nuestras apreciaciones. Relatividad que él une al concepto, tan vital para el desarrollo social, como es el de la libertad.
Es cierto: la situacionalidad (nuestro “aquí” y “ahora” circunstancial) y la temporalidad, en las que se inscribe todo lo humano, dan a lo del hombre un hondo sentido transitorio y relativo, sobre todo por la contingencia e irrepetibilidad de su operar. Aparentemente, al menos, no existe un ”canon” objetivo que regule, sirviendo de paradigma, las acciones del hombre. Si existiera, sería irreal y sólo podría ser postulado como un principio esencialista. Los empirismos, los positivismos, los fenomenismos, los historicismos, los pragmatismos... hablan con claridad del ello y se mueven en la ausencia de estas normas reguladoras objetivas.
Sin embargo, por su radical dinamismo, que pretende trascender el finito, el hombre tiende la lo objetivo-absoluto. Busca normas que den valor de universalidad impersonal, a lo que hace. Pero, en realidad, ¿puede el hombre percibir con objetividad total la realidad de su percepción?
Es claro que la clave del lenguaje indicativo está en la interpretación. Al hablar o al escuchar, el hombre, interpreta: pretende adecuar siempre, lo máximo posible, la interpretación que hace, con lo interpretado. Juzga así la propiedad o impropiedad de sus juicios o comportamientos. Pero al quedar lo interpretado fuera del alcance de sus posibilidades objetivas, (nunca captamos o entendemos máximos objetivos), el lenguaje indicativo y la apreciación tenida son sólo aproximaciones a la realidad. Somos objetivamente aproximados. Lo que nos parece, lo convertimos en la verdad total. Probablemente, por nuestro límite y nuestra pretensión, tiene que ser así. Para evitarlo, en un esfuerzo intelectual vacuo, los filósofos clásicos hablaban de la “verdad ontológica”: la adecuación del ser consigo mismo... Pero este afán no era otra cosa que pretender abarcar lo inabarcable. Lo hacían con divisiones y subdivisiones de la realidad. En definitiva, de tanto parcelar las cosas, las mataban.
Es cierto: la situacionalidad (nuestro “aquí” y “ahora” circunstancial) y la temporalidad, en las que se inscribe todo lo humano, dan a lo del hombre un hondo sentido transitorio y relativo, sobre todo por la contingencia e irrepetibilidad de su operar. Aparentemente, al menos, no existe un ”canon” objetivo que regule, sirviendo de paradigma, las acciones del hombre. Si existiera, sería irreal y sólo podría ser postulado como un principio esencialista. Los empirismos, los positivismos, los fenomenismos, los historicismos, los pragmatismos... hablan con claridad del ello y se mueven en la ausencia de estas normas reguladoras objetivas.
Sin embargo, por su radical dinamismo, que pretende trascender el finito, el hombre tiende la lo objetivo-absoluto. Busca normas que den valor de universalidad impersonal, a lo que hace. Pero, en realidad, ¿puede el hombre percibir con objetividad total la realidad de su percepción?
Es claro que la clave del lenguaje indicativo está en la interpretación. Al hablar o al escuchar, el hombre, interpreta: pretende adecuar siempre, lo máximo posible, la interpretación que hace, con lo interpretado. Juzga así la propiedad o impropiedad de sus juicios o comportamientos. Pero al quedar lo interpretado fuera del alcance de sus posibilidades objetivas, (nunca captamos o entendemos máximos objetivos), el lenguaje indicativo y la apreciación tenida son sólo aproximaciones a la realidad. Somos objetivamente aproximados. Lo que nos parece, lo convertimos en la verdad total. Probablemente, por nuestro límite y nuestra pretensión, tiene que ser así. Para evitarlo, en un esfuerzo intelectual vacuo, los filósofos clásicos hablaban de la “verdad ontológica”: la adecuación del ser consigo mismo... Pero este afán no era otra cosa que pretender abarcar lo inabarcable. Lo hacían con divisiones y subdivisiones de la realidad. En definitiva, de tanto parcelar las cosas, las mataban.
domingo, 25 de mayo de 2008
Antonio escribe
Después de regresar de mi viaje por tierras italianas, entro en el blog y me encuentro con la agradable sorpresa del debate sobre libertad, liberalismo, y tantos otros conceptos relacionados. Es un debate interesante..., entre dos concepciones diversas, la psicológica, a la que no renuncia Fernando, y la filosófica e histórica, a la que tampoco quiere renunciar nuestro profesor José María.
Yo he vivido en Italia unos hechos que, al menos, hacen pensar: lo sucedido en Nápoles y la decisión del gobierno italiano de considerar delito la inmigración ilegal. Mi pregunta es la siguiente, ¿con otro gobierno de otro color, el mismo hecho habría tenido la misma respuesta? Esto me lleva a introducir, como científico que debe asirse a la realidad de lo que me rodea, el concepto de relatividad en nuestras apreciaciones, incluyendo también el concepto de libertad. A la sabia pregunta del proverbio popular, ¿puede un preso esperar a ser libre para sentir la libertad?, yo propongo otra, que también es un sentimiento popular, ¿yo que soy libre, porque estoy en libertad, puedo sentirme privado de ella? Todo es relativo, amigos. Dada la dimensión social del hombre, nada debe existir en términos absolutamente teóricos si no es aplicable al hombre. ¿De dónde viene el concepto de frontera, que significa, de dónde viene el concepto de nación? Me refiero a hoy, no a lo que sucedió hace tantos años ya. ¿Es hoy aplicable el concepto de libertad de una forma generalizada?
Voy caminando por el mundo en línea recta y me veo obligado a detener mi marcha, ahora por motivaciones religiosas, después por la lengua, un poco más tarde, por un fusil que me apunta, en otras ocasiones, de forma más educada, por la interpretación que se da al concepto de libertad.
Es un tema sugerente.
Feliz domingo.
Yo he vivido en Italia unos hechos que, al menos, hacen pensar: lo sucedido en Nápoles y la decisión del gobierno italiano de considerar delito la inmigración ilegal. Mi pregunta es la siguiente, ¿con otro gobierno de otro color, el mismo hecho habría tenido la misma respuesta? Esto me lleva a introducir, como científico que debe asirse a la realidad de lo que me rodea, el concepto de relatividad en nuestras apreciaciones, incluyendo también el concepto de libertad. A la sabia pregunta del proverbio popular, ¿puede un preso esperar a ser libre para sentir la libertad?, yo propongo otra, que también es un sentimiento popular, ¿yo que soy libre, porque estoy en libertad, puedo sentirme privado de ella? Todo es relativo, amigos. Dada la dimensión social del hombre, nada debe existir en términos absolutamente teóricos si no es aplicable al hombre. ¿De dónde viene el concepto de frontera, que significa, de dónde viene el concepto de nación? Me refiero a hoy, no a lo que sucedió hace tantos años ya. ¿Es hoy aplicable el concepto de libertad de una forma generalizada?
Voy caminando por el mundo en línea recta y me veo obligado a detener mi marcha, ahora por motivaciones religiosas, después por la lengua, un poco más tarde, por un fusil que me apunta, en otras ocasiones, de forma más educada, por la interpretación que se da al concepto de libertad.
Es un tema sugerente.
Feliz domingo.
jueves, 22 de mayo de 2008
"MÁXIMO-SUBJETIVO"
FERNANDO, escribe:
Nuestro amigo el profesor José Mª, para hacernos comprensible sus filosóficos conceptos, nos ha puesto bajo el microscopio mental, el término “nación”.
La palabra (o monema) “nación” es, en su expresión mínima, una “imagen acústica”, igual que todos los términos compuestos por fonemas. Esta imagen acústica representa un concepto objetivo mínimo (“mínimo-objetivo”, le llama José Mª), pero que despierta en cada persona vibraciones múltiples y multiplicadoras, según sus singulares convicciones, circunstancias y experiencias. Ese mínimo-objetivo que representa la palabra nación, fue originariamente un concepto cultural, que ha ido concentrando en cada persona, o grupos de personas, una diversa “carga vivencial”, que transforma en “máximo-subjetivo” el contenido conceptual del monema nación. Quienes maximalizan políticamente el concepto de nación (cualquiera que sea), que es originariamente cultural e integrador, en sentimiento excluyente, engendran el NACIONALISMO, como “máximo-subjetivo” segregador, separatista, fanático, megalómano, ilusamente elitista y prácticamente racista.
Y yo sigo fascinado, quizás ilusoriamente, ante el pensamiento, excelsamente integrador, del poeta Miguel Hernández cuando, desde la terrible exclusión de la cárcel, comparte con su esposa los sentimientos ante el próximo alumbramiento de su hijo: “Porque la especie humana / nos dieron por herencia, / la familia del hijo / será la especie humana…”
Es una maximización subjetiva del concepto nación, integradora, trascendente, solidaria, acogedora, tolerante, a pesar de las diferenciaciones culturales que a todos –a la especie humana- nos enriquece y enaltece.
La palabra (o monema) “nación” es, en su expresión mínima, una “imagen acústica”, igual que todos los términos compuestos por fonemas. Esta imagen acústica representa un concepto objetivo mínimo (“mínimo-objetivo”, le llama José Mª), pero que despierta en cada persona vibraciones múltiples y multiplicadoras, según sus singulares convicciones, circunstancias y experiencias. Ese mínimo-objetivo que representa la palabra nación, fue originariamente un concepto cultural, que ha ido concentrando en cada persona, o grupos de personas, una diversa “carga vivencial”, que transforma en “máximo-subjetivo” el contenido conceptual del monema nación. Quienes maximalizan políticamente el concepto de nación (cualquiera que sea), que es originariamente cultural e integrador, en sentimiento excluyente, engendran el NACIONALISMO, como “máximo-subjetivo” segregador, separatista, fanático, megalómano, ilusamente elitista y prácticamente racista.
Y yo sigo fascinado, quizás ilusoriamente, ante el pensamiento, excelsamente integrador, del poeta Miguel Hernández cuando, desde la terrible exclusión de la cárcel, comparte con su esposa los sentimientos ante el próximo alumbramiento de su hijo: “Porque la especie humana / nos dieron por herencia, / la familia del hijo / será la especie humana…”
Es una maximización subjetiva del concepto nación, integradora, trascendente, solidaria, acogedora, tolerante, a pesar de las diferenciaciones culturales que a todos –a la especie humana- nos enriquece y enaltece.
martes, 20 de mayo de 2008
"MÁXIMOS OBJETIVOS" EN LA COMUNICACIÓN
JOSE MARÍA, escribe:
Analizar el alcance y la autenticidad expresiva de las palabras es abocarse necesariamente al análisis del encuentro interpersonal. La mayor parte de las veces nos comunicamos con palabras, lo que nos coloca ante una realidad compleja que no discurre siempre por cauces bien delimitados.
Sabemos que la palabra, para que sea íntegramente asumida en su alcance expresivo, requiere descodificación. El “significante verbal” va siempre envuelto en una compleja red de significantes adicionales que, si se desconocen, impiden una auténtica comunicación. Responden a un “máximo-objetivo” -caldo de cultivo en el que nace la palabra-, que el hablante transmite cuando habla. Sin embargo, este “máximo” es percibido, casi necesariamente, como un “mínimo-objetivo” por el receptor. La carga descriptiva de cualquier palabra viene dada, siempre, entre dimensiones situacionales individuales. Sobre la dualidad significante-significado, ya he hablado en otras ocasiones. Pero estimo importante volver sobre ello. Creo que anotar y subrayar algunas ideas puede clarificar nuestra concepción lingüística.
Si pronunciamos la palabra “nación”, por ejemplo (usando una palabra polisémica cargada hoy de sentidos múltiples), expresamos en ella, paralelamente al mínimo significante verbal, vivencias, modelos familiares, ideologías largamente asumidas, convicciones propias, mantenidos con el objeto expresado en la palabra. Difícilmente esta palabra, dicha al interlocutor, será entendida con la carga vivencial con la que el hablante la pronuncia. El receptor recibirá sólo un “mínimo-objetivo” que, en su más elemental significación, podrá ser percibida unívocamente por todos, lo que nos permitirá sólo un conocimiento analógico del contenido de la expresión.
Tomando el ejemplo lingüístico de Fernando, en su última entrada al blog, los vocablos “derechas” e “izquierdas” van cargados, en su expresividad lingüística, de connotaciones personales difícilmente trasmisibles en la simple literalidad inmediata y expresiva de la palabra. La herencia, el grupo familiar, la confesionalidad religiosa, la clase social, la ideología política familiar, etc. constituyen la historia personal de la palabra. Es su “máximo-objetivo”. Pero con seguridad los diálogos basados en vocablos, con contenidos de “máximos”, se convierten, casi imperceptiblemente, en monólogos yuxtapuestos. Los “mínimos-objetivos” no suelen ser percibidos e interiorizados con facilidad.
La pretensión burda de obligar, o presuponer, que nuestro “máximo-objetivo” es también el “máximo-objetivo” del otro, implica privar a nuestro interlocutor no sólo de libertad sino, incluso, de ideas y de historia biográfica personal. Cuando lo aproximativo del diálogo queremos convertirlo en verdad absoluta estamos infringiendo una clara manipulación en la comunicación. Olvidamos que las ideas siempre tienen su historia y que ésta es muy difícilmente modificable en una somera y manipulada información exterior.
El esfuerzo por el diálogo entre hombres que tratan de acercar sus “máximos-objetivos”, viene expresado en frases comunes que encierran profundos mensajes: “Hagamos juntos nuestro mundo”... “Miremos juntos en la misma dirección...”
Sabemos que la palabra, para que sea íntegramente asumida en su alcance expresivo, requiere descodificación. El “significante verbal” va siempre envuelto en una compleja red de significantes adicionales que, si se desconocen, impiden una auténtica comunicación. Responden a un “máximo-objetivo” -caldo de cultivo en el que nace la palabra-, que el hablante transmite cuando habla. Sin embargo, este “máximo” es percibido, casi necesariamente, como un “mínimo-objetivo” por el receptor. La carga descriptiva de cualquier palabra viene dada, siempre, entre dimensiones situacionales individuales. Sobre la dualidad significante-significado, ya he hablado en otras ocasiones. Pero estimo importante volver sobre ello. Creo que anotar y subrayar algunas ideas puede clarificar nuestra concepción lingüística.
Si pronunciamos la palabra “nación”, por ejemplo (usando una palabra polisémica cargada hoy de sentidos múltiples), expresamos en ella, paralelamente al mínimo significante verbal, vivencias, modelos familiares, ideologías largamente asumidas, convicciones propias, mantenidos con el objeto expresado en la palabra. Difícilmente esta palabra, dicha al interlocutor, será entendida con la carga vivencial con la que el hablante la pronuncia. El receptor recibirá sólo un “mínimo-objetivo” que, en su más elemental significación, podrá ser percibida unívocamente por todos, lo que nos permitirá sólo un conocimiento analógico del contenido de la expresión.
Tomando el ejemplo lingüístico de Fernando, en su última entrada al blog, los vocablos “derechas” e “izquierdas” van cargados, en su expresividad lingüística, de connotaciones personales difícilmente trasmisibles en la simple literalidad inmediata y expresiva de la palabra. La herencia, el grupo familiar, la confesionalidad religiosa, la clase social, la ideología política familiar, etc. constituyen la historia personal de la palabra. Es su “máximo-objetivo”. Pero con seguridad los diálogos basados en vocablos, con contenidos de “máximos”, se convierten, casi imperceptiblemente, en monólogos yuxtapuestos. Los “mínimos-objetivos” no suelen ser percibidos e interiorizados con facilidad.
La pretensión burda de obligar, o presuponer, que nuestro “máximo-objetivo” es también el “máximo-objetivo” del otro, implica privar a nuestro interlocutor no sólo de libertad sino, incluso, de ideas y de historia biográfica personal. Cuando lo aproximativo del diálogo queremos convertirlo en verdad absoluta estamos infringiendo una clara manipulación en la comunicación. Olvidamos que las ideas siempre tienen su historia y que ésta es muy difícilmente modificable en una somera y manipulada información exterior.
El esfuerzo por el diálogo entre hombres que tratan de acercar sus “máximos-objetivos”, viene expresado en frases comunes que encierran profundos mensajes: “Hagamos juntos nuestro mundo”... “Miremos juntos en la misma dirección...”
domingo, 18 de mayo de 2008
Lenguaje manipulativo
FERNANDO ESCRIBE
Después de un espléndido fin de semana en Costa Lago, hemos vuelto, Julia y yo, con los ojos coloreados de sangrantes buganvillas, jacarandas malvas y moradas, adelfas rosas, y del loco verdor de las palmeras desmelenándose al viento mediterráneo…El sábado, sentado frente al mar de azul inquieto, mientras leía las mismas noticias en distintos periódicos, estuve rememorando un texto de Freud, de su libro Introducción al Psicoanálisis, donde afirma que “las palabras fueron originariamente magia, y que todavía hoy la palabra conserva su antiguo poder. Que mediante la palabra una persona puede hacer feliz a otra o arrastrarla a la desesperación, que a través de la palabra el maestro transmite los conocimientos o condiciona y modula la mente de sus alumnos, que con la palabra el orador subyuga a sus oyentes y los predispone a determinados juicios y decisiones”. Hoy entenderíamos por “orador” el presentador de T.V., el guía de un programa de radio, o el periodista de las páginas de opinión de cualquier periódico.
Es lo que se ha denominado empleo táctico-persuasivo del lenguaje, una sutil manipulación semántica, que consiste en imprimirle al significante verbal un contenido adicional no definido, muy galvanizado de corriente emocional. La intención de la palabra deja de ser descriptiva y pasa a ser táctica o manipulativa, dirigida subliminalmente a crear una actitud o una reacción a favor o en contra. Un ejemplo muy evidente en política es el de etiquetar a las personas como de derechas o de izquierdas, convirtiendo estos vocablos en arma arrojadiza, lanzada acusadoramente y despectivamente sobre el rostro de los oponentes políticos o ideológicos, con una visión maniquea de película de buenos y malos. Estos términos verbales así manipulados desenfocan el auténtico significado de actitudes y comportamientos políticos y sociales, sustituyendo, con eslóganes huecos, el interés y el esfuerzo por conocer la verdad de la que es portadora cada persona, y de calibrar el valor de sus posicionamientos, necesarios todos e insustituibles para el equilibrio de la convivencia en la polis.
Es lo que se ha denominado empleo táctico-persuasivo del lenguaje, una sutil manipulación semántica, que consiste en imprimirle al significante verbal un contenido adicional no definido, muy galvanizado de corriente emocional. La intención de la palabra deja de ser descriptiva y pasa a ser táctica o manipulativa, dirigida subliminalmente a crear una actitud o una reacción a favor o en contra. Un ejemplo muy evidente en política es el de etiquetar a las personas como de derechas o de izquierdas, convirtiendo estos vocablos en arma arrojadiza, lanzada acusadoramente y despectivamente sobre el rostro de los oponentes políticos o ideológicos, con una visión maniquea de película de buenos y malos. Estos términos verbales así manipulados desenfocan el auténtico significado de actitudes y comportamientos políticos y sociales, sustituyendo, con eslóganes huecos, el interés y el esfuerzo por conocer la verdad de la que es portadora cada persona, y de calibrar el valor de sus posicionamientos, necesarios todos e insustituibles para el equilibrio de la convivencia en la polis.
viernes, 16 de mayo de 2008
EL REGATO DE LA LIBERTAD
JOSÉ MARÍA, escribe:
Afortunadamente, Fernando, las aguas de nuestra pequeña geografía son múltiples y los molinos, en gran número, se muestran en lontananza. Es posible dirigir, por ello, nuestras aguas por regatos diversos. Ellas, de una forma o de otra, llegarán ciertas al molino. Unas veces, el arroyo político conducirá las aguas, otras el psicológico, y siempre, por encima de todos, nuestro regato humano. De estas múltiples aguas, las que corren por los arroyos límpidos de nuestro pensamiento, azules como el color del cielo, quiero conversar contigo hoy. La libertad, lo has traslucido tú, es el mar al que, definitivamente, van a parar todos los arroyos del vivir humano.
Tu marco referencial sobre la libertad, junto a la agudeza de la advertencia de D. Quijote a Sancho, coloca a la libertad en una oscilación permanentemente pendular, que, a menudo, no se percibe y que, sin embargo, encierra matices diferentes en su elongación angular: De una parte, en un ángulo de la pendulación, la libertad de un hombre que se siente parte del “cosmos” y busca su sentido en él y, de otra, la libertad que brota de los valores del espíritu humano y que representa una auténtica sistematización antropológica de la manera de actuar del hombre.
La “libertad cosmológica” del hombre, su elongación primera, expresa lo que aporta de específico la aparición del hombre en la naturaleza, de la que surge. Mediante su libertad se enfrenta al resto de la naturaleza, la domina, la humaniza y la transforma. Es el hombre, con su libertad, quien conduce a la naturaleza a las metas que ella lleva inscritas en las leyes de su evolución.
Desde el ámbito intrapsíquico, en la elongación opuesta, la libertad da relevancia al hombre individual. Lo desvincula de la obligatoriedad electiva. Ante él aparece la opción como su mayor rasgo distintivo. El autodominio se convierte en su más profunda realidad esencial.
Este hombre, “dueño de sí”, nunca hay que entenderlo como un hombre “encerrado en sí”. Un ser “cerrado en sí”, aunque fuera “dueño de sí”, sería lo más opuesto al hombre, en quien, como decía Don Alonso Quijano, su hermosura “está en el entendimiento, en la honestidad, en la liberalidad...” El hombre “cerrado en sí” conduciría a la persona humana a una dimensión solipsista y empobrecida. La APERTURA es, por el contrario, el existencial más radical y profundo del hombre. La mayor hermosura, parafraseemos, de nuevo, a D. Quijote, consiste en mostrar la liberalidad, la buena crianza y el valor que hacen brotar el amor con “ímpetu y ventajas”.
Mi regato me ha llevado, en esta ocasión, por cauces paralelos a los tuyos. ¡Riqueza y grandeza de lo humano...!
Tu marco referencial sobre la libertad, junto a la agudeza de la advertencia de D. Quijote a Sancho, coloca a la libertad en una oscilación permanentemente pendular, que, a menudo, no se percibe y que, sin embargo, encierra matices diferentes en su elongación angular: De una parte, en un ángulo de la pendulación, la libertad de un hombre que se siente parte del “cosmos” y busca su sentido en él y, de otra, la libertad que brota de los valores del espíritu humano y que representa una auténtica sistematización antropológica de la manera de actuar del hombre.
La “libertad cosmológica” del hombre, su elongación primera, expresa lo que aporta de específico la aparición del hombre en la naturaleza, de la que surge. Mediante su libertad se enfrenta al resto de la naturaleza, la domina, la humaniza y la transforma. Es el hombre, con su libertad, quien conduce a la naturaleza a las metas que ella lleva inscritas en las leyes de su evolución.
Desde el ámbito intrapsíquico, en la elongación opuesta, la libertad da relevancia al hombre individual. Lo desvincula de la obligatoriedad electiva. Ante él aparece la opción como su mayor rasgo distintivo. El autodominio se convierte en su más profunda realidad esencial.
Este hombre, “dueño de sí”, nunca hay que entenderlo como un hombre “encerrado en sí”. Un ser “cerrado en sí”, aunque fuera “dueño de sí”, sería lo más opuesto al hombre, en quien, como decía Don Alonso Quijano, su hermosura “está en el entendimiento, en la honestidad, en la liberalidad...” El hombre “cerrado en sí” conduciría a la persona humana a una dimensión solipsista y empobrecida. La APERTURA es, por el contrario, el existencial más radical y profundo del hombre. La mayor hermosura, parafraseemos, de nuevo, a D. Quijote, consiste en mostrar la liberalidad, la buena crianza y el valor que hacen brotar el amor con “ímpetu y ventajas”.
Mi regato me ha llevado, en esta ocasión, por cauces paralelos a los tuyos. ¡Riqueza y grandeza de lo humano...!
jueves, 15 de mayo de 2008
La rutas liberales
FERNANDO escribe:
José Mª ha llevado las aguas al molino político, lo que no es de extrañar ya que nunca dejamos de ser, aunque lo pretendiéramos, el zoón politikón que definió Aristóteles. Pero yo las voy a devolver, las aguas liberales, a mi regato psicológico, con una breve reflexión: Que en el terreno intrapsíquico y ético de la autorrealización personal, la Libertad, más que un valor, es la matriz de todos los valores, la madre, el vientre donde se conciben, se nutren y se desarrollan todos los demás valores; es la Libertad el condicionante primordial, la “conditio sine qua non” para que exista el valor. Para quien el mismo Aristóteles denominaba, entre los otros “animales”, el ántrhopos (“el que mira hacia lo alto”, “el que levanta la mirada”), no hay valor que “valga”, sino para quien libremente lo adopta y con libertad lo interioriza y lo ejercita.
También quiero recordar que el “Mito del Carro Alado”, que hemos citado otras veces, antes que su aplicación política, Platón lo adujo para conceptualizar al “animal humano”, quien, según él, está conformado por la articulación de sus tres “almas”: el alma “irascible” (caballo negro), el alma “concupiscible” (caballo blanco) y el alma “racional” (el Auriga). Y nunca correrá por las rutas de la Libertad y de los Valores, si el Auriga no logra controlar y guiar su doble cabalgadura hacia los objetivos de valor libremente y liberalmente asumidos.
miércoles, 14 de mayo de 2008
EL ELEMENTO CORRECTOR DEL LIBERALISMO
JOSE MARÍA, escribe
Fernando, en respuesta a mi entrada sobre “La ideología del Individualismo”, nos ha expuesto de manera diáfana y precisa su concepción sobre lo que significa “ser liberal”. Al tiempo que delimita el concepto de libertad, matizando varios aspectos de esta profunda “inspiración del espíritu”, corrobora con sus palabras la conciencia de una vivencia metafísica profunda. Vivir la libertad, no es sólo una afirmación que trasciende la simple consideración científica y positivística del hombre. Sentir la libertad es descubrir, en el hecho moral del comportamiento humano, el sentido profundo de lo que somos.
Nuestro análisis (¿o, quizás, divagación?) sobre el liberalismo y sobre su fundamento –la libertad-, me ha retrotraído a esquemas filosóficos, políticos y antropológicos, antiguos. Cualquier sistema de acción, para que esté bien fundado, debe basarse en derechos y principios radicales de la persona. Platón, por ejemplo, del que ya hemos hablado ampliamente en este blog, antes de llegar a la culminación de su concepción política, estableció, como fundamento de la misma, bases antropológicas y psicológicas como adecuado basamento a su teoría.
Para el buen discurrir de la ciudad, pensaba Platón, igual que para el correcto equilibrio del actuar humano, se necesita una “triada”, (las tres almas y las tres estructuras componentes de la sociedad), que servirían, funcionando adecuada y subordinadamente, para regular el funcionamiento del todo. En caso de desequilibrio, -ya es de sobra conocida la tesis platónica-, la “razón”, o el “filósofo” en su caso, deberían corregir el exceso o el desequilibrio. El “todo ordenado platónico” exigía, en caso de desequilibrio, un elemento o fuerza correctora.
Con los movimientos sociales o políticos que, como en el caso del liberalismo, fundamentan su razón de ser en la libertad del hombre, sucede igual. La libertad puede desordenarse por excesivos egoísmos. Tiene, en consecuencia, que existir un elemento correctivo que vuelva a sus auténticos límites esa libertad del hombre.
Cuando en el liberalismo, como sistema político, el egoísmo humano se desordena anulando la libertad debida a todos, es preciso encontrar una estructura supra-personal que salve el equilibrio del actuar social del hombre. Entiendo que esa es, la pretensión política de la socialdemocracia: regular la actividad social, fundamentalmente económica, evitando que intereses egoístas anulen los derechos de la mayoría.
Los socialdemócratas mantienen que es posible compaginar, con un adecuado control, la economía capitalista de mercado y la sociedad de bienestar. Para que ambas estructuras funcionen adecuadamente, el estado deberá poseer atribuciones suficientes para garantizar a todos los ciudadanos la debida protección social. Hoy existen gobiernos europeos, incluso, que han intentado aplicar una variante más próxima aún al liberalismo: el socio-liberalismo, con un menor intervencionismo y con una mayor presencia de la empresa pública, pero con el mantenimiento de las ayudas y subvenciones típicas de la socialdemocracia.
Nuestro análisis (¿o, quizás, divagación?) sobre el liberalismo y sobre su fundamento –la libertad-, me ha retrotraído a esquemas filosóficos, políticos y antropológicos, antiguos. Cualquier sistema de acción, para que esté bien fundado, debe basarse en derechos y principios radicales de la persona. Platón, por ejemplo, del que ya hemos hablado ampliamente en este blog, antes de llegar a la culminación de su concepción política, estableció, como fundamento de la misma, bases antropológicas y psicológicas como adecuado basamento a su teoría.
Para el buen discurrir de la ciudad, pensaba Platón, igual que para el correcto equilibrio del actuar humano, se necesita una “triada”, (las tres almas y las tres estructuras componentes de la sociedad), que servirían, funcionando adecuada y subordinadamente, para regular el funcionamiento del todo. En caso de desequilibrio, -ya es de sobra conocida la tesis platónica-, la “razón”, o el “filósofo” en su caso, deberían corregir el exceso o el desequilibrio. El “todo ordenado platónico” exigía, en caso de desequilibrio, un elemento o fuerza correctora.
Con los movimientos sociales o políticos que, como en el caso del liberalismo, fundamentan su razón de ser en la libertad del hombre, sucede igual. La libertad puede desordenarse por excesivos egoísmos. Tiene, en consecuencia, que existir un elemento correctivo que vuelva a sus auténticos límites esa libertad del hombre.
Cuando en el liberalismo, como sistema político, el egoísmo humano se desordena anulando la libertad debida a todos, es preciso encontrar una estructura supra-personal que salve el equilibrio del actuar social del hombre. Entiendo que esa es, la pretensión política de la socialdemocracia: regular la actividad social, fundamentalmente económica, evitando que intereses egoístas anulen los derechos de la mayoría.
Los socialdemócratas mantienen que es posible compaginar, con un adecuado control, la economía capitalista de mercado y la sociedad de bienestar. Para que ambas estructuras funcionen adecuadamente, el estado deberá poseer atribuciones suficientes para garantizar a todos los ciudadanos la debida protección social. Hoy existen gobiernos europeos, incluso, que han intentado aplicar una variante más próxima aún al liberalismo: el socio-liberalismo, con un menor intervencionismo y con una mayor presencia de la empresa pública, pero con el mantenimiento de las ayudas y subvenciones típicas de la socialdemocracia.
lunes, 12 de mayo de 2008
"Ser liberal"
Fernando escribe:
Con independencia de las connotaciones historicas, económicas o políticas, de las que José Mª nos ha hecho un esbozo profesoral muy bien condensado, quiero deciros que entiendo por “ser liberal” la actitud fundamental de ejercer, respetar y promover la Libertad. Esta actitud supone además una permanente inspiración del espíritu (el espíritu, como facultad suprema, encendido y alumbrado por el valor Libertad), y un contenido mental: la convicción cognitiva de ese valor.
En una encuesta de hace pocos años a estudiantes de la Comunidad Europea, se impuso, como primer valor en el ranking axiológico, la Libertad. Pero quiero aclarar que no entiendo solamente la libertad del liberal como la consecución de libertades extrínsecas. Sino la liberación del “ananqué” interior (en la lengua griega clásica “ananqué” significa algo así como “necesidad interior imperiosa, presión incoercible, esclavizante”). Dice viejo un proverbio: “El preso que espere salir de la cárcel para ser libre, no será libre nunca en ninguna parte donde esté. Que aprenda a sentirse libre dentro de la cárcel y siempre será y se sentirá libre por muchas restricciones externas que padezca”. No me refiero solamente a tener (tener libertades), sino a ser (ser intrínsecamente libre). Puede una persona verse beneficiada por muchas libertades (las que proporciona el dinero, las que promueve un Régimen Democrático…) y no ser liberal de espíritu.
Tampoco entiendo por Libertad la capacidad de cumplir mis deseos, o "hacer lo que me da la gana", sino el cumplimiento del deseo que se configura en la realidad, donde conviven otras personas con el mismo derecho a ejercer y defender sus libertades, y con quienes anudo, necesariamente, mis compromisos. Pienso que el compromiso necesario no limita la libertad personal, sino que la canaliza hacia otro valor, anclado en la insoslayable realidad, que es la presencia y la existencia de “el otro”, frente al que ejerzo el respeto a su propia libertad y a sus derechos, la responsabilidad y la solidaridad. Eso es “ser liberal”.
El concepto de Liberalidad que comporta, según Monteigne, el sabor y el sentido de la Libertad, se enseña desde el desapego razonable a las posesiones, y desde la libertad interior que me permite compartirlas. Es la capacidad aprendida y desarrollada de hacer participar a otros de los propios recursos y de los propios bienes (mentales, culturales, educacionales, técnicos, materiales...). Es en algún sentido sinónimo de Generosidad, y supone la disposición de no concederse a sí mismo cualquier ganancia o ventaja personal a costa de otros. También eso es “ser liberal”.
He leído hace poco algo que cuenta Van Gogh, en carta a se hermano Theo: que los marineros cuando se disponen a cumplir el compromiso laboral de transportar un ancla muy pesada entre varios, donde cada uno aporta su propio esfuerzo individual, se ponen a cantar todos al mismo tiempo, para darse el ánimo y el impulso necesario para realizar la tarea. Esta imagen de portar el peso comprometido, solidariamente y cantando, es para mí muy descriptiva de lo que entiendo por “ser liberal”.
En una encuesta de hace pocos años a estudiantes de la Comunidad Europea, se impuso, como primer valor en el ranking axiológico, la Libertad. Pero quiero aclarar que no entiendo solamente la libertad del liberal como la consecución de libertades extrínsecas. Sino la liberación del “ananqué” interior (en la lengua griega clásica “ananqué” significa algo así como “necesidad interior imperiosa, presión incoercible, esclavizante”). Dice viejo un proverbio: “El preso que espere salir de la cárcel para ser libre, no será libre nunca en ninguna parte donde esté. Que aprenda a sentirse libre dentro de la cárcel y siempre será y se sentirá libre por muchas restricciones externas que padezca”. No me refiero solamente a tener (tener libertades), sino a ser (ser intrínsecamente libre). Puede una persona verse beneficiada por muchas libertades (las que proporciona el dinero, las que promueve un Régimen Democrático…) y no ser liberal de espíritu.
Tampoco entiendo por Libertad la capacidad de cumplir mis deseos, o "hacer lo que me da la gana", sino el cumplimiento del deseo que se configura en la realidad, donde conviven otras personas con el mismo derecho a ejercer y defender sus libertades, y con quienes anudo, necesariamente, mis compromisos. Pienso que el compromiso necesario no limita la libertad personal, sino que la canaliza hacia otro valor, anclado en la insoslayable realidad, que es la presencia y la existencia de “el otro”, frente al que ejerzo el respeto a su propia libertad y a sus derechos, la responsabilidad y la solidaridad. Eso es “ser liberal”.
El concepto de Liberalidad que comporta, según Monteigne, el sabor y el sentido de la Libertad, se enseña desde el desapego razonable a las posesiones, y desde la libertad interior que me permite compartirlas. Es la capacidad aprendida y desarrollada de hacer participar a otros de los propios recursos y de los propios bienes (mentales, culturales, educacionales, técnicos, materiales...). Es en algún sentido sinónimo de Generosidad, y supone la disposición de no concederse a sí mismo cualquier ganancia o ventaja personal a costa de otros. También eso es “ser liberal”.
He leído hace poco algo que cuenta Van Gogh, en carta a se hermano Theo: que los marineros cuando se disponen a cumplir el compromiso laboral de transportar un ancla muy pesada entre varios, donde cada uno aporta su propio esfuerzo individual, se ponen a cantar todos al mismo tiempo, para darse el ánimo y el impulso necesario para realizar la tarea. Esta imagen de portar el peso comprometido, solidariamente y cantando, es para mí muy descriptiva de lo que entiendo por “ser liberal”.
LA IDEOLOGIA DEL INDIVIDUALISMO
JOSE MARIA, escribe:
Hay momentos en los que, si se quiere participar activamente en el debate social, es preciso expresar la opinión y el comentario. Así sucede, ahora, con el tema “liberal”, muy “traído” y “llevado” estos días entre políticos y tertulianos. Sin duda, el movimiento liberal ha sido ampliamente estudiado y ha proporcionado positivas influencias en la concepción y en el desarrollo social, sobre todo en el ámbito del Derecho Civil y Comercial. Apuntemos, ahora, algunas líneas de su pensamiento para hacer más lúcido, si es posible, nuestro criterio social.
Tuve ocasión, hace algunos años, de dictar unas lecciones sobre la Ideología del Individualismo. Partiendo del concepto, que ya he expuesto en otras ocasiones, de que toda ideología es un marco teórico que ilumina y orienta el actuar práctico del individuo, analizaba, en el curso, diversos movimientos individualistas, precursores de la posición ideológica liberal, de la que hoy se habla frecuentemente. Diferenciaba dos concepciones individualistas precursoras de cualquier movimiento liberal: la del individualismo como actividad práctica de vida y la del individualismo como convicción teórica. De hecho, en los últimos siglos, en Europa, el individualismo, en ambos sentidos, ha dominado como una clara escuela consistente de pensamiento filosófico. Penetró diferentes sectores de la vida social y en todos ellos dejó marcadas influencias: la filosofía, la política, la pedagogía, la economía... Habría que recordar nombres como Descartes, John Locke, Rousseau, Adam Smith, etc.
En la concepción individualista-liberal, la libertad personal es incuestionable. Es el eje de la vida social. En la vida política y civil los ciudadanos, iguales ante la ley, deberán tener idéntica consideración jurídica e idéntico tratamiento legal. No existen, por ello, en la sociedad, ni la discriminación ni la prebenda entre ciudadanos. Cuando hoy la globalización social ha abierto la frontera de las naciones, este principio es de especial actualidad.
El desarrollo económico, como elemento fundamental, se vincula a la capacidad de los individuos para generar riqueza. El pilar económico es la propiedad privada. Ella regula las leyes del mercado. Deberá, incluso, ser protegida por el Estado, si es necesario, con el uso de la fuerza.
Paralelamente a estas corrientes individualistas, han surgido otras que han intentado atemperar los excesos que sistemas, “exageradamente” liberales, ocasionaron en la vida social. Entre ellas habría que apuntar la importancia revolucionaria de los socialismos utópicos franceses (Fourier y Saint-Simón), el socialismo clásico de Marx y Engels, la social democracia y la vía intermedia -la democracia cristiana- de escasa influencia en la Europa actual. Todos ellos, sistemas, que subrayan total, o parcialmente, el carácter social del hombre. Hay que recordar, sobre todo dentro de la corriente social demócrata, en un sentido amplio, nombres como Adenauer, Benjamín Franklin, Friedman, Ortega y Gasset, Francois Ravel, Stauart Mill, etc.: liberales clásicos en el extenso ámbito de la cultura de Occidente.
Tuve ocasión, hace algunos años, de dictar unas lecciones sobre la Ideología del Individualismo. Partiendo del concepto, que ya he expuesto en otras ocasiones, de que toda ideología es un marco teórico que ilumina y orienta el actuar práctico del individuo, analizaba, en el curso, diversos movimientos individualistas, precursores de la posición ideológica liberal, de la que hoy se habla frecuentemente. Diferenciaba dos concepciones individualistas precursoras de cualquier movimiento liberal: la del individualismo como actividad práctica de vida y la del individualismo como convicción teórica. De hecho, en los últimos siglos, en Europa, el individualismo, en ambos sentidos, ha dominado como una clara escuela consistente de pensamiento filosófico. Penetró diferentes sectores de la vida social y en todos ellos dejó marcadas influencias: la filosofía, la política, la pedagogía, la economía... Habría que recordar nombres como Descartes, John Locke, Rousseau, Adam Smith, etc.
En la concepción individualista-liberal, la libertad personal es incuestionable. Es el eje de la vida social. En la vida política y civil los ciudadanos, iguales ante la ley, deberán tener idéntica consideración jurídica e idéntico tratamiento legal. No existen, por ello, en la sociedad, ni la discriminación ni la prebenda entre ciudadanos. Cuando hoy la globalización social ha abierto la frontera de las naciones, este principio es de especial actualidad.
El desarrollo económico, como elemento fundamental, se vincula a la capacidad de los individuos para generar riqueza. El pilar económico es la propiedad privada. Ella regula las leyes del mercado. Deberá, incluso, ser protegida por el Estado, si es necesario, con el uso de la fuerza.
Paralelamente a estas corrientes individualistas, han surgido otras que han intentado atemperar los excesos que sistemas, “exageradamente” liberales, ocasionaron en la vida social. Entre ellas habría que apuntar la importancia revolucionaria de los socialismos utópicos franceses (Fourier y Saint-Simón), el socialismo clásico de Marx y Engels, la social democracia y la vía intermedia -la democracia cristiana- de escasa influencia en la Europa actual. Todos ellos, sistemas, que subrayan total, o parcialmente, el carácter social del hombre. Hay que recordar, sobre todo dentro de la corriente social demócrata, en un sentido amplio, nombres como Adenauer, Benjamín Franklin, Friedman, Ortega y Gasset, Francois Ravel, Stauart Mill, etc.: liberales clásicos en el extenso ámbito de la cultura de Occidente.
domingo, 11 de mayo de 2008
Fernando escribe
Os contaré –como ya os había sugerido- cuál es, según el maestro Freud, ese tsunami devastador, como dice Antonio, el que arrasa, arrastra, arrebata y arruina las más altas aspiraciones de felicidad…Os reproduzco las mismas palabras Freud:
“Jamás nos hallamos tan a merced del sufrimiento como cuando amamos. Jamás somos tan desesperadamente infelices como cuando hemos perdido al ser amado, o su amor.”
¿Habrá alguien que no lo haya experimentado alguna vez? Sin embargo, si algo del amor persiste, si no lo hemos convertido del todo en desamor, en odio, en desesperación, en rabia, en amargura, si queda encendida, entre nuestras manos, aunque sea una pequeña llamarada del amor…entonces, oíd lo que os dice, con su larga barba blanca, el poeta indio Rabindranath Tagore:
“Amor: cuando vienes con la ardiente lámpara del dolor en tu mano, a su reflejo yo puedo ver tu rostro…, y te reconozco como la Dicha”.
“Jamás nos hallamos tan a merced del sufrimiento como cuando amamos. Jamás somos tan desesperadamente infelices como cuando hemos perdido al ser amado, o su amor.”
¿Habrá alguien que no lo haya experimentado alguna vez? Sin embargo, si algo del amor persiste, si no lo hemos convertido del todo en desamor, en odio, en desesperación, en rabia, en amargura, si queda encendida, entre nuestras manos, aunque sea una pequeña llamarada del amor…entonces, oíd lo que os dice, con su larga barba blanca, el poeta indio Rabindranath Tagore:
“Amor: cuando vienes con la ardiente lámpara del dolor en tu mano, a su reflejo yo puedo ver tu rostro…, y te reconozco como la Dicha”.
sábado, 10 de mayo de 2008
Antonio escribe
Precioso tema el que trae Fernando al blog. Coindido con su planteamiento de que son pocas las cosas que nos hacen infelices y muchas las que actúan excitatoriamente sobre nuestro sistema de interpretación de la felicidad. Pero el hecho indubitable es que, en general, hay más personas infelices en el mundo y, por otro lado, los que se declaran felices son también infelices largos períodos de tiempo.
Tengo la impresión, sólo eso, la impresión, de que la vida humana está desordenada por el vendaval de los sentimientos. Los sentimientos provocan en nosotros auténticos tsunamis en lo que definimos como mla felicidad. Muchos encuentran la felicidad en el propio tsunami, en la propia lucha. Otros necesitan tiempos más "veraniegos", más constantes desde el punto de vista de los sentimientos. La monotonía de los sentimientos provoca felicidad. Pero también la propia lucha de ellos, de nuestros sentimientos.
Insisto en que estas palabras no son más que una impresión a vuelapluma de las palabras de Fernando y de Vila-Matas.
No existe un patrón de felicidad y tampoco un medicamento para alcanzarla.
Aquí el viento lo remueve todo, las hojas caídas, los árboles que no están quietos ni un segundo, el agua del mar, que ha hecho un pacto con todos los tonos del verdes inimaginables, los toldos de las casas. Y yo, después de leer la entrada de Fernando, he pensado que también puede remover nuestros sentimientos. Por eso he dicho que vivimos en un continuo tsunami.
Tengo la impresión, sólo eso, la impresión, de que la vida humana está desordenada por el vendaval de los sentimientos. Los sentimientos provocan en nosotros auténticos tsunamis en lo que definimos como mla felicidad. Muchos encuentran la felicidad en el propio tsunami, en la propia lucha. Otros necesitan tiempos más "veraniegos", más constantes desde el punto de vista de los sentimientos. La monotonía de los sentimientos provoca felicidad. Pero también la propia lucha de ellos, de nuestros sentimientos.
Insisto en que estas palabras no son más que una impresión a vuelapluma de las palabras de Fernando y de Vila-Matas.
No existe un patrón de felicidad y tampoco un medicamento para alcanzarla.
Aquí el viento lo remueve todo, las hojas caídas, los árboles que no están quietos ni un segundo, el agua del mar, que ha hecho un pacto con todos los tonos del verdes inimaginables, los toldos de las casas. Y yo, después de leer la entrada de Fernando, he pensado que también puede remover nuestros sentimientos. Por eso he dicho que vivimos en un continuo tsunami.
Fernando escribe
Mirando, desde junto a la ventana donde escribo, cómo se va difuminando el sol entre suaves reflejos nacarados bajo un cielo zafiro de acuarela desvaída, he estado rememorando mis sesiones terapéuticas del día, y reflexionando en las cosas que pueden hacer feliz a una persona: son numerosísimas, insospechables, casi infinitas…, todas cuantas posibilidades de vuelo tiene la fantasía calidoscópica de cada singular ser humano.
Sin embargo, el repertorio de las cosas que nos hacen infelices a cualquiera, a todos, no deja de ser reducido, igual, con pocos matices, para cada uno de los hijos del pesaroso Adán (el de la fábula bíblica), ese “pobre hombrecillo” que delineó el malhadado Wilhem Reich, mientras buscaba el “Orgón” de la suprema felicidad.
Recuerdo que en un libro de Enrique Vila- Matas se nos propone un elenco de los motivos de infelicidad personal o desesperación. Lo busco en mis revueltas librerías. El libro es “París no se acaba nunca”. Son éstos los motivos, según Vila-Matas: La volubilidad del amor; la fragilidad de nuestro cuerpo; la abrumadora mezquindad que domina la vida social; la trágica soledad en la que en el fondo vivimos todos; los reveses de la amistad; la monotonía e insensibilidad que trae aparejada la costumbre de vivir…
¿Queda alguno? Vendría bien aportar aquí una certera y probadísima comprobación de mi viejo maestro Freud. Pero no quiero alongarme ahora…
Sin embargo, el repertorio de las cosas que nos hacen infelices a cualquiera, a todos, no deja de ser reducido, igual, con pocos matices, para cada uno de los hijos del pesaroso Adán (el de la fábula bíblica), ese “pobre hombrecillo” que delineó el malhadado Wilhem Reich, mientras buscaba el “Orgón” de la suprema felicidad.
Recuerdo que en un libro de Enrique Vila- Matas se nos propone un elenco de los motivos de infelicidad personal o desesperación. Lo busco en mis revueltas librerías. El libro es “París no se acaba nunca”. Son éstos los motivos, según Vila-Matas: La volubilidad del amor; la fragilidad de nuestro cuerpo; la abrumadora mezquindad que domina la vida social; la trágica soledad en la que en el fondo vivimos todos; los reveses de la amistad; la monotonía e insensibilidad que trae aparejada la costumbre de vivir…
¿Queda alguno? Vendría bien aportar aquí una certera y probadísima comprobación de mi viejo maestro Freud. Pero no quiero alongarme ahora…
miércoles, 7 de mayo de 2008
MIRAR LO INVISIBLE
Fernando escribe:
José Mª: Me confesaba esta mañana un paciente haber aprendido de su abuelo (hombre criado en un huerto, sin escuelas ni maestros) la gran lección de su vida: a mirar lo invisible mientras veía la cosas del cada presente de sus días. Por eso el abuelo besaba los árboles, se reía con las formas cambiantes de la nubes, lloraba ante una flor pisada…
Los clásicos latinos acuñaron unas frases como “Tempus fugit” de Ovidio, “Transit irreparabile tempus” de Virgilio, para significar la experiencia del tiempo que pasa, con sus días y sus estaciones sucesivas, con sus frutas verdes o maduras, con sus hojas secas o relucientes, el tiempo que nos envuelve con su magia y su misterio, a veces tan desconcertante o demoledor..., con el sabor, tantas veces, de nostalgia, o de horror, dejándonos en el alma ecos embrujadores, a veces; dolorosos y degarradores, tantas otras veces, como lo expresa tan subyugadoramente el famoso poema de Worsword, terminados en aquellos versos que inspiraron y dieron título a una memorable película, “Esplendor en la hierba”: “aunque ya no han de volver los días del esplendor en la hierba / y de la gloria en la flores, / no hay que afligirse porque la belleza pervive en el recuerdo”.
Para esa sensación de vacío existencial, el ser humano, descendiente entre nosotros de los primates de Atapuerca, ha inventado, entre otras cosas, el remedio mágico de la escritura y la lectura que sirven, además, para exorcizar la vulgaridad, redimir lo ordinario, lo trivial, lo rutinario de la vida, gracias al fenómeno de la re-creación literaria, que tiene el doble significado semántico de “crear” y de “recrearse”, que no son posibles sino en el presente vital. Quizás sea para eso por lo que escribe sus cuentos Antonio, y por lo que tú y yo, José Mª, hemos desandado “nuestros antiguos surcos” y hemos recreado nuestra experiencia existencial en ese libro que está a punto de salir de la editorial…
Escribir es indagar en la esencia de la vida, es ver lo invisible, descubrir lo inédito o lo oculto que siempre hay detrás o en los entresijos de las cosas que vemos al paso superficial de la mirada... Escribir es sorprenderse, permanentemente...
Los clásicos latinos acuñaron unas frases como “Tempus fugit” de Ovidio, “Transit irreparabile tempus” de Virgilio, para significar la experiencia del tiempo que pasa, con sus días y sus estaciones sucesivas, con sus frutas verdes o maduras, con sus hojas secas o relucientes, el tiempo que nos envuelve con su magia y su misterio, a veces tan desconcertante o demoledor..., con el sabor, tantas veces, de nostalgia, o de horror, dejándonos en el alma ecos embrujadores, a veces; dolorosos y degarradores, tantas otras veces, como lo expresa tan subyugadoramente el famoso poema de Worsword, terminados en aquellos versos que inspiraron y dieron título a una memorable película, “Esplendor en la hierba”: “aunque ya no han de volver los días del esplendor en la hierba / y de la gloria en la flores, / no hay que afligirse porque la belleza pervive en el recuerdo”.
Para esa sensación de vacío existencial, el ser humano, descendiente entre nosotros de los primates de Atapuerca, ha inventado, entre otras cosas, el remedio mágico de la escritura y la lectura que sirven, además, para exorcizar la vulgaridad, redimir lo ordinario, lo trivial, lo rutinario de la vida, gracias al fenómeno de la re-creación literaria, que tiene el doble significado semántico de “crear” y de “recrearse”, que no son posibles sino en el presente vital. Quizás sea para eso por lo que escribe sus cuentos Antonio, y por lo que tú y yo, José Mª, hemos desandado “nuestros antiguos surcos” y hemos recreado nuestra experiencia existencial en ese libro que está a punto de salir de la editorial…
Escribir es indagar en la esencia de la vida, es ver lo invisible, descubrir lo inédito o lo oculto que siempre hay detrás o en los entresijos de las cosas que vemos al paso superficial de la mirada... Escribir es sorprenderse, permanentemente...
REPENSANDO EL TIEMPO
JOSE MARIA, escribe:
He leído estos días, con agrado, un cuento de nuestro amigo Antonio Espinosa (“La Fotografía”) de gran riqueza descriptiva y simbólica. En él, Antonio, perdiéndose en “sus” tiempos pasado y futuro indaga la versatilidad de la vida, partiendo, para ello, del análisis que hace “milímetro a milímetro” de unas antiguas y descoloridas fotografías familiares: la fotografía del pasado es “imagen y palabra”, dice. Y, desde ella, indaga el futuro buscando, la cara oculta de un tiempo aún por llegar.
La lectura del “La Fotografía” me ha llevado a pensar sobre el tiempo. Ya lo he hecho infinidad de veces, pero esta estructura tan radical en nosotros (“Somos seres y tiempo”, como afirmaría Heidegger), me lleva a descubrir dimensiones, cada día, nuevas y enriquecedoras.
El presente, como punto de partida, está “aquí” siempre, mantenido forzosa e inevitablemente en su presencialidad. El ayer ya se fue; el mañana, todavía no es. Por eso, es desde el hoy, desde “nuestro aquí y ahora” existencial, desde donde hemos de entender y entretejer nuestra pequeña biografía personal. Estar presentes en nuestro presente es asumir lúcidamente el momento en que somos. Para ello, es preciso huir del pasado cuando se nos aparece como una especie de paraíso perdido, al que hay que volver la vista, como amparo ante frustraciones presentes. Encerrarse en el recuerdo, falsamente bello por antiguo, es evadir el presente.
Hay que escapar, también, del sueño de un futuro -por ser la mayor parte de las veces ilusorio-, falso en sus promesas, aunque esté pintado con colorido mágico y fantástico.
El pasado y el futuro, son, es cierto, origen y proyecto de nuestra biografía personal. Pero ambos deben ser siempre objeto de interpretación inteligente. Nunca se pueden convertir en asideros para superar el cansancio o el monótono y cotidiano aburrimiento existencial.
La seguridad que da el pasado, como grato lugar de reclusión, o la virtualidad de éxito que puede prometer la espera de un futuro que “aparece” siempre, en estos casos, con colores diáfanos, a pesar de su tangible lejanía, suelen ser seguridades falsas que, en el fondo, empobrecen el vivir, obligándonos a escribir, por ello, una mediocre historia.
Recuerdo, a este propósito, el fragmento 13 de la “Antiphon Le Sophiste”, publicado por Cernet en París en 1923: “Hay gente que no vive la vida presente: con la mayor aplicación diríase que se disponen a vivir otra vida, no ésta. Mientras tanto dejan perder el tiempo”.
He leído estos días, con agrado, un cuento de nuestro amigo Antonio Espinosa (“La Fotografía”) de gran riqueza descriptiva y simbólica. En él, Antonio, perdiéndose en “sus” tiempos pasado y futuro indaga la versatilidad de la vida, partiendo, para ello, del análisis que hace “milímetro a milímetro” de unas antiguas y descoloridas fotografías familiares: la fotografía del pasado es “imagen y palabra”, dice. Y, desde ella, indaga el futuro buscando, la cara oculta de un tiempo aún por llegar.
La lectura del “La Fotografía” me ha llevado a pensar sobre el tiempo. Ya lo he hecho infinidad de veces, pero esta estructura tan radical en nosotros (“Somos seres y tiempo”, como afirmaría Heidegger), me lleva a descubrir dimensiones, cada día, nuevas y enriquecedoras.
El presente, como punto de partida, está “aquí” siempre, mantenido forzosa e inevitablemente en su presencialidad. El ayer ya se fue; el mañana, todavía no es. Por eso, es desde el hoy, desde “nuestro aquí y ahora” existencial, desde donde hemos de entender y entretejer nuestra pequeña biografía personal. Estar presentes en nuestro presente es asumir lúcidamente el momento en que somos. Para ello, es preciso huir del pasado cuando se nos aparece como una especie de paraíso perdido, al que hay que volver la vista, como amparo ante frustraciones presentes. Encerrarse en el recuerdo, falsamente bello por antiguo, es evadir el presente.
Hay que escapar, también, del sueño de un futuro -por ser la mayor parte de las veces ilusorio-, falso en sus promesas, aunque esté pintado con colorido mágico y fantástico.
El pasado y el futuro, son, es cierto, origen y proyecto de nuestra biografía personal. Pero ambos deben ser siempre objeto de interpretación inteligente. Nunca se pueden convertir en asideros para superar el cansancio o el monótono y cotidiano aburrimiento existencial.
La seguridad que da el pasado, como grato lugar de reclusión, o la virtualidad de éxito que puede prometer la espera de un futuro que “aparece” siempre, en estos casos, con colores diáfanos, a pesar de su tangible lejanía, suelen ser seguridades falsas que, en el fondo, empobrecen el vivir, obligándonos a escribir, por ello, una mediocre historia.
Recuerdo, a este propósito, el fragmento 13 de la “Antiphon Le Sophiste”, publicado por Cernet en París en 1923: “Hay gente que no vive la vida presente: con la mayor aplicación diríase que se disponen a vivir otra vida, no ésta. Mientras tanto dejan perder el tiempo”.
lunes, 5 de mayo de 2008
Antonio escribe
He aprovechado los ratos de aislamiento que he podido disfrutar en estos días de mayor relajación para leer. He aprovechado el silencio para leer y la soledad para pensar y el azul, clasi rayando en el blanco quemante, del cielo para exhortar las cualidades de la belleza, y tantas otras cosas antes de hacer lo que millones de españoles: antes de jugarme la vida en el temido regreso en coche. Coloqué el limitador de velocidad en 120 Kms/h y me quedé el último. Y pensé, ¡qué ganas de jugarse la vida cada semana de forma inútil! Y me introduje, como sin querer, en la misma idea que ha mantenido el trabajo intelectual estos días de José María: el sentido cíclico de la vida , y cayó en mis manos un libro de Pamuk, y leí el contenido y también era cíclico. El libro es Me llamo rojo.
Las reflexiones de Séneca y las de Empédocles dan que pensar. Pero no dan menos que pensar el razonamiento de lo sugerido por Fernando.
Yo quisiera recuperar y traer aquí un poema de Rafael Guillén, un poeta granadino que vive en la actualidad, pero que escribió este poema hace ya muchísimos años.
El libro se llama Límites y el poema también. Es de 1970. Dice
Un nuevo aliento merodea. Llegan
otros sonidos hasta el borde y piden
su momento para existir. Afluyen
nuevas formas de vida
que al final toman cuerpo y se acomodan,
pero el tiempo ya es otro y el espacio
ya es otro y no es posible
revivir lo que el tiempo desordena.
Pero quedan los huecos, queda el tiempo,
el tiempo es un conjunto
de irrellanables huecos sucesivos.
Donde sonó una risa queda un hueco,
un coágulo de nada, una lejana
polvareda que fue,
que ya no está, pero que sigue hablando,
diciendo al alma que, en alguna parte,
alguien cruzó al galope y se ha perdido.
Leí este poema hace ya muchos años. Me hizo pensar. ¿Es cíclica la vida?, ¿es lineal la vida?. ¿cambiamos nosotros de un momento al siguiente, como la risa que se transforma en hueco?, ¿somos nosotros siempre los mismos?
No lo sé, no intento saberlo, no quiero saberlo, sólo intento ser esa risa y ese alguien que cruzó al galope y se ha perdido. Espero que uno se pierda en la felicidad.
Las reflexiones de Séneca y las de Empédocles dan que pensar. Pero no dan menos que pensar el razonamiento de lo sugerido por Fernando.
Yo quisiera recuperar y traer aquí un poema de Rafael Guillén, un poeta granadino que vive en la actualidad, pero que escribió este poema hace ya muchísimos años.
El libro se llama Límites y el poema también. Es de 1970. Dice
Un nuevo aliento merodea. Llegan
otros sonidos hasta el borde y piden
su momento para existir. Afluyen
nuevas formas de vida
que al final toman cuerpo y se acomodan,
pero el tiempo ya es otro y el espacio
ya es otro y no es posible
revivir lo que el tiempo desordena.
Pero quedan los huecos, queda el tiempo,
el tiempo es un conjunto
de irrellanables huecos sucesivos.
Donde sonó una risa queda un hueco,
un coágulo de nada, una lejana
polvareda que fue,
que ya no está, pero que sigue hablando,
diciendo al alma que, en alguna parte,
alguien cruzó al galope y se ha perdido.
Leí este poema hace ya muchos años. Me hizo pensar. ¿Es cíclica la vida?, ¿es lineal la vida?. ¿cambiamos nosotros de un momento al siguiente, como la risa que se transforma en hueco?, ¿somos nosotros siempre los mismos?
No lo sé, no intento saberlo, no quiero saberlo, sólo intento ser esa risa y ese alguien que cruzó al galope y se ha perdido. Espero que uno se pierda en la felicidad.
LA BUENA NOTICIA
FERNANDO ESCRIBE:
Mi rutina de cada día, ese devenir circular que, tal como nos recuerda José Mª, desesperaba hasta al mismo maestro Séneca, me ha amanecido, esta mañana temprano, con reflejos celestes y rosas, en la estación, adonde he ido a acompañar a mi hija, que no había encontrado billete para haberse vuelto ayer a Madrid.
Viendo pasar el AVE, desde el puente de la estación, recordé unos versos de un largo poema que le escribí hace tres años, cuando se fue a la Universidad por primera vez y empezó a vivir aparte de nosotros:
“El día que ya no estés / encenderé una vela / tras de cada ventana / y entornaré la puerta / para oír el sigilo de tu paso, / esperándote…”.
Después, de nuevo en casa, y con la luz del día abierto desbordándose por las ventanas, encontré en un e-mail estos pensamientos de Facundo Cabral:
“Cada mañana es una buena noticia, cada niño que nace es una buena noticia, cada hombre justo es una buena noticia, cada cantor es una buena noticia, porque cada cantor, es un soldado menos.... Cuando me marché de mi casa, niño aún, tenía siete años, mi madre me acompañó a la estación, y cuando subí al tren me dijo: Este es el segundo y último regalo que puedo hacerte, el primero fue darte la vida y, el segundo, la libertad para vivirla.”
A lo mejor no tenía razón Séneca, y hasta el acontecer circular de las mismas cosas, a la luz celeste y rosa de los repetidos amaneceres de primavera, nos traen la buena noticia del nuevo día…
SÉNECA Y LOS “CAMINOS SOBRE LA MAR”
JOSÉ MARIA, escribe:
Lejos y cerca de esa fragancia de la nueva primavera de la que nos habla Fernando, este largo fin de semana lo he dedicado a leer algunos trozos de un filósofo cordobés, a quien Nietzsche llamaba “toreador de la virtud”: Séneca y sus “Cartas a Lucilio”. En su carta XXIV escribe una espléndida, aunque desgarradora, reflexión:
“¿Hasta cuando las mismas cosas? Me despertaré, me dormiré, tendré apetito, me hartaré, tendré frío, tendré calor. Ninguna cosa tiene fin; sino que todas las cosas se ligan en círculo; huyen, se persiguen. La noche empuja al día, el estío termina en el otoño, al otoño le acucia el invierno, que es suplantado por la primavera; así que toda cosa pasa para volver. No hago nada nuevo; no veo nada nuevo; en fin de cuentas, esto da nausea...”
Este fragmento -oda al aburrimiento del devenir del todo, en mi opinión,- nos remite a la ya reiterada “apocatástasis”. Pero el pesimismo que anida en la expresión de Séneca se convierte, para él y, probablemente, también para nosotros, en profunda visión de la futilidad de lo que hay... El cambio de las cosas, que percibimos siempre con una admiración casi infantil y que nos hace indagar por doquier para entenderlo, es sólo una apariencia que habita entre nosotros mismos, porque ha habitado siempre.
En esta línea, he leído, también, la profunda visión de Heráclito, cuando se adelantaba a Empédocles, hablando de las “cuatro raíces” de las cosas: “El fuego vive la muerte de la tierra; el aire vive la muerte del fuego; el agua vive la muerte del aire y la tierra, la del agua”...
“Todo pasa y todo queda...” decía nuestro poeta... Tendremos que seguir haciéndonos caminos “sobre la mar”, al menos para sentir que caminamos. Como dice Antonio Espinosa es ahí –“sobre la mar”- donde la paz refleja la tranquilidad de nuestra aparente mar serena.
Lejos y cerca de esa fragancia de la nueva primavera de la que nos habla Fernando, este largo fin de semana lo he dedicado a leer algunos trozos de un filósofo cordobés, a quien Nietzsche llamaba “toreador de la virtud”: Séneca y sus “Cartas a Lucilio”. En su carta XXIV escribe una espléndida, aunque desgarradora, reflexión:
“¿Hasta cuando las mismas cosas? Me despertaré, me dormiré, tendré apetito, me hartaré, tendré frío, tendré calor. Ninguna cosa tiene fin; sino que todas las cosas se ligan en círculo; huyen, se persiguen. La noche empuja al día, el estío termina en el otoño, al otoño le acucia el invierno, que es suplantado por la primavera; así que toda cosa pasa para volver. No hago nada nuevo; no veo nada nuevo; en fin de cuentas, esto da nausea...”
Este fragmento -oda al aburrimiento del devenir del todo, en mi opinión,- nos remite a la ya reiterada “apocatástasis”. Pero el pesimismo que anida en la expresión de Séneca se convierte, para él y, probablemente, también para nosotros, en profunda visión de la futilidad de lo que hay... El cambio de las cosas, que percibimos siempre con una admiración casi infantil y que nos hace indagar por doquier para entenderlo, es sólo una apariencia que habita entre nosotros mismos, porque ha habitado siempre.
En esta línea, he leído, también, la profunda visión de Heráclito, cuando se adelantaba a Empédocles, hablando de las “cuatro raíces” de las cosas: “El fuego vive la muerte de la tierra; el aire vive la muerte del fuego; el agua vive la muerte del aire y la tierra, la del agua”...
“Todo pasa y todo queda...” decía nuestro poeta... Tendremos que seguir haciéndonos caminos “sobre la mar”, al menos para sentir que caminamos. Como dice Antonio Espinosa es ahí –“sobre la mar”- donde la paz refleja la tranquilidad de nuestra aparente mar serena.
domingo, 4 de mayo de 2008
El silencio y la amistad
FERNANDO ESCRIBE:
Envuelto y alentado por las fragancias de la nueva primavera cordobesa, he estado leyendo este fin de semana un libro exquisitamente editado por la Residencia de Estudiantes de Madrid, y donado a mí con ocasión de la Feria del Libro. Este libro recoge toda la correspondencia epistolar, telegramas, discursos, que se dirigieron a Juan Ramón Jiménez, desde todas las partes del mundo, cuando la concesión el premio Nóbel.
Me ha llamado la atención la carta que le escribe la esposa de Gregorio Martínez Sierra, María de la O Lejárraga, uniéndosele en su gloria de Premio Nóbel y en su dolor por la muerte coincidente de Zenobia. Después de evocar su antigua amistad –“nuestra callada amistad pluscuamperfecta”-, le pregunta:
“¿No le parece a usted que la forma esencial de la amistad es poder callar juntos sin que se rompa el lazo?”.
(Sin querer violar el aura de silencio blanco que envuelve un pensamiento tan excelso y sugerente, aclaro –en voz baja- que, para mi sorpresa, he encontrado en el libro una carta mía, de la que yo no conservaba el menor recuerdo, escrita con el mismo motivo a mi tío abuelo Juan Ramón. Me voy a permitir reproducir aquí dos párrafos de mi carta:
(…) “He ido siguiendo por los periódicos y por las cartas de mamá todo lo referente a tu premio, con la alegría que te puedes imaginar, y una gran pena también por la enfermedad de tía Zenobia. Cuando, por fin, me llegó la noticia de su muerte he comprendido lo mucho que toda la familia la queríamos. Sólo sentimos no estar ahora a tu lado, aunque el vacío de ella nunca te lo pudiéramos llenar del todo”.
(…) “Por aquí no sabemos con certeza si volverás a España. Para todos sería una alegría y un consuelo enorme poder abrazarte y compartir contigo la pena del recuerdo de tía Zenobia. ¡Cuánto hubiéramos querido poder abrazarla también a ella!”.
Es un desahogo, que me he permitido con vosotros, desde mis sentimientos emergentes de sorpresa y emoción, mezclado con los cálidos aromas de esta florecida primavera cordobesa…
Me ha llamado la atención la carta que le escribe la esposa de Gregorio Martínez Sierra, María de la O Lejárraga, uniéndosele en su gloria de Premio Nóbel y en su dolor por la muerte coincidente de Zenobia. Después de evocar su antigua amistad –“nuestra callada amistad pluscuamperfecta”-, le pregunta:
“¿No le parece a usted que la forma esencial de la amistad es poder callar juntos sin que se rompa el lazo?”.
(Sin querer violar el aura de silencio blanco que envuelve un pensamiento tan excelso y sugerente, aclaro –en voz baja- que, para mi sorpresa, he encontrado en el libro una carta mía, de la que yo no conservaba el menor recuerdo, escrita con el mismo motivo a mi tío abuelo Juan Ramón. Me voy a permitir reproducir aquí dos párrafos de mi carta:
(…) “He ido siguiendo por los periódicos y por las cartas de mamá todo lo referente a tu premio, con la alegría que te puedes imaginar, y una gran pena también por la enfermedad de tía Zenobia. Cuando, por fin, me llegó la noticia de su muerte he comprendido lo mucho que toda la familia la queríamos. Sólo sentimos no estar ahora a tu lado, aunque el vacío de ella nunca te lo pudiéramos llenar del todo”.
(…) “Por aquí no sabemos con certeza si volverás a España. Para todos sería una alegría y un consuelo enorme poder abrazarte y compartir contigo la pena del recuerdo de tía Zenobia. ¡Cuánto hubiéramos querido poder abrazarla también a ella!”.
Es un desahogo, que me he permitido con vosotros, desde mis sentimientos emergentes de sorpresa y emoción, mezclado con los cálidos aromas de esta florecida primavera cordobesa…
jueves, 1 de mayo de 2008
Antonio escribe
Gracias Fernando por tus hermosas palabras llenas de amistad. Seguiré mirando ese mar mío inmenso, iluminado, refulgente, total y sincero.
Alguna vez, hace ya tiempo, me dio por escribir lo que llamaba "Pensamientos escritos a este lado del mar". Uno de ellos decía
Al mar, que cada día me habla,
en silencio yo le escucho;
hoy me ha gustado lo que me ha dicho.
Y también este otro,
La ingenuidad en la vida
es cosa de locos, y morir te dejan
o te ingresan en manicomios.
Pero a mí, caminar me gusta
por senderos desconocidos...
para así encontrar lo perdido.
Feliz noche
Alguna vez, hace ya tiempo, me dio por escribir lo que llamaba "Pensamientos escritos a este lado del mar". Uno de ellos decía
Al mar, que cada día me habla,
en silencio yo le escucho;
hoy me ha gustado lo que me ha dicho.
Y también este otro,
La ingenuidad en la vida
es cosa de locos, y morir te dejan
o te ingresan en manicomios.
Pero a mí, caminar me gusta
por senderos desconocidos...
para así encontrar lo perdido.
Feliz noche
Antonio escribe
Desde la paz que se refleja en la mar y me alcanza, como alcanza todo lo que es reflejo, posiblemente deformada, filtrada, y no directamente, leo tu comentario, querido Fernando. Y pensando, alcanzo una conclusión y declaro una intención. Empiezo por ésta: posiblemente, deseando o no hacerlo, mi intervención sobre la corporeidad y sus consecuencias tuviese un cierto grado de polémica y fue hecha con un cierto grado de "provocación". No estoy cerrado a ninguna interpretación de la vida. Ayer leía que "la vida no se confronta con nada, ni siquiera con la muerte, porque ambas son la misma cosa". Mi espíritu ha estado, y continúa, abierto a todas las interpretaciones. Y sobre todo a la que expones con maestría y representa algo sugerente. También es sugerente que nuestros cuerpos, ese milagroso material evolutivo, tenga esa capacidad. En los días de retiro químico en El Escorial, un premio nobel, el francés Jean Marie Lehn, expuso sus resultados sobre una molécula totalmente sintética construida por él que tenía la particularidad de reconocerse a sí misma y crear sola otra fibra idéntica a ella sobre la que se enroscaba. Eso es, de manera artificial, lo que hacen nuestros filamentos que forman el ADN. Esto, al menos, da que pensar en esa sugerencia de la corporeidad. Y ahora voy con la conclusión. Creo en el espíritu y creo en la materia. Me gusta experimentar las vivencias de ambas dimensiones de la vida, como creo que sucede a todos los humanos. Y mientras se resuelve el paradigma del huevo y la gallina, me limito a vivir esas dos facetas. Y una adenda final, querido amigo: la llamada "química supramolecular" está realizando avances espectaculares en el ámbito de qué sucede cuando dos especies químicas diferentes se reconocen mutuamente y se unen a través de enlaces que no son los que se usan en la química "normal". Sea cual sea la interpretación, me gusta disfrutar de la amistad, y la tuya, y las vuestras, son muy importantes para mí.
Todo nuestro conocimiento, acabo como empecé, tiene la misma dimensión que la paz reflejada por el agua de la mar serena. Serena sólo por arriba, en la superficie, pero puede que movidísima a unos metros de profundidad.
Todo nuestro conocimiento, acabo como empecé, tiene la misma dimensión que la paz reflejada por el agua de la mar serena. Serena sólo por arriba, en la superficie, pero puede que movidísima a unos metros de profundidad.
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