JOSE MARIA, escribe
Antonio, utilizando su criterio científico, introduce en nuestro debate una variable que toca en profundidad nuestra concepción sobre la palabra y su máximo-subjetivo comunicante: el concepto de relatividad en nuestras apreciaciones. Relatividad que él une al concepto, tan vital para el desarrollo social, como es el de la libertad.
Es cierto: la situacionalidad (nuestro “aquí” y “ahora” circunstancial) y la temporalidad, en las que se inscribe todo lo humano, dan a lo del hombre un hondo sentido transitorio y relativo, sobre todo por la contingencia e irrepetibilidad de su operar. Aparentemente, al menos, no existe un ”canon” objetivo que regule, sirviendo de paradigma, las acciones del hombre. Si existiera, sería irreal y sólo podría ser postulado como un principio esencialista. Los empirismos, los positivismos, los fenomenismos, los historicismos, los pragmatismos... hablan con claridad del ello y se mueven en la ausencia de estas normas reguladoras objetivas.
Sin embargo, por su radical dinamismo, que pretende trascender el finito, el hombre tiende la lo objetivo-absoluto. Busca normas que den valor de universalidad impersonal, a lo que hace. Pero, en realidad, ¿puede el hombre percibir con objetividad total la realidad de su percepción?
Es claro que la clave del lenguaje indicativo está en la interpretación. Al hablar o al escuchar, el hombre, interpreta: pretende adecuar siempre, lo máximo posible, la interpretación que hace, con lo interpretado. Juzga así la propiedad o impropiedad de sus juicios o comportamientos. Pero al quedar lo interpretado fuera del alcance de sus posibilidades objetivas, (nunca captamos o entendemos máximos objetivos), el lenguaje indicativo y la apreciación tenida son sólo aproximaciones a la realidad. Somos objetivamente aproximados. Lo que nos parece, lo convertimos en la verdad total. Probablemente, por nuestro límite y nuestra pretensión, tiene que ser así. Para evitarlo, en un esfuerzo intelectual vacuo, los filósofos clásicos hablaban de la “verdad ontológica”: la adecuación del ser consigo mismo... Pero este afán no era otra cosa que pretender abarcar lo inabarcable. Lo hacían con divisiones y subdivisiones de la realidad. En definitiva, de tanto parcelar las cosas, las mataban.
Es cierto: la situacionalidad (nuestro “aquí” y “ahora” circunstancial) y la temporalidad, en las que se inscribe todo lo humano, dan a lo del hombre un hondo sentido transitorio y relativo, sobre todo por la contingencia e irrepetibilidad de su operar. Aparentemente, al menos, no existe un ”canon” objetivo que regule, sirviendo de paradigma, las acciones del hombre. Si existiera, sería irreal y sólo podría ser postulado como un principio esencialista. Los empirismos, los positivismos, los fenomenismos, los historicismos, los pragmatismos... hablan con claridad del ello y se mueven en la ausencia de estas normas reguladoras objetivas.
Sin embargo, por su radical dinamismo, que pretende trascender el finito, el hombre tiende la lo objetivo-absoluto. Busca normas que den valor de universalidad impersonal, a lo que hace. Pero, en realidad, ¿puede el hombre percibir con objetividad total la realidad de su percepción?
Es claro que la clave del lenguaje indicativo está en la interpretación. Al hablar o al escuchar, el hombre, interpreta: pretende adecuar siempre, lo máximo posible, la interpretación que hace, con lo interpretado. Juzga así la propiedad o impropiedad de sus juicios o comportamientos. Pero al quedar lo interpretado fuera del alcance de sus posibilidades objetivas, (nunca captamos o entendemos máximos objetivos), el lenguaje indicativo y la apreciación tenida son sólo aproximaciones a la realidad. Somos objetivamente aproximados. Lo que nos parece, lo convertimos en la verdad total. Probablemente, por nuestro límite y nuestra pretensión, tiene que ser así. Para evitarlo, en un esfuerzo intelectual vacuo, los filósofos clásicos hablaban de la “verdad ontológica”: la adecuación del ser consigo mismo... Pero este afán no era otra cosa que pretender abarcar lo inabarcable. Lo hacían con divisiones y subdivisiones de la realidad. En definitiva, de tanto parcelar las cosas, las mataban.
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