martes, 20 de mayo de 2008

"MÁXIMOS OBJETIVOS" EN LA COMUNICACIÓN

JOSE MARÍA, escribe:
Analizar el alcance y la autenticidad expresiva de las palabras es abocarse necesariamente al análisis del encuentro interpersonal. La mayor parte de las veces nos comunicamos con palabras, lo que nos coloca ante una realidad compleja que no discurre siempre por cauces bien delimitados.

Sabemos que la palabra, para que sea íntegramente asumida en su alcance expresivo, requiere descodificación. El “significante verbal” va siempre envuelto en una compleja red de significantes adicionales que, si se desconocen, impiden una auténtica comunicación. Responden a un “máximo-objetivo” -caldo de cultivo en el que nace la palabra-, que el hablante transmite cuando habla. Sin embargo, este “máximo” es percibido, casi necesariamente, como un “mínimo-objetivo” por el receptor. La carga descriptiva de cualquier palabra viene dada, siempre, entre dimensiones situacionales individuales. Sobre la dualidad significante-significado, ya he hablado en otras ocasiones. Pero estimo importante volver sobre ello. Creo que anotar y subrayar algunas ideas puede clarificar nuestra concepción lingüística.

Si pronunciamos la palabra “nación”, por ejemplo (usando una palabra polisémica cargada hoy de sentidos múltiples), expresamos en ella, paralelamente al mínimo significante verbal, vivencias, modelos familiares, ideologías largamente asumidas, convicciones propias, mantenidos con el objeto expresado en la palabra. Difícilmente esta palabra, dicha al interlocutor, será entendida con la carga vivencial con la que el hablante la pronuncia. El receptor recibirá sólo un “mínimo-objetivo” que, en su más elemental significación, podrá ser percibida unívocamente por todos, lo que nos permitirá sólo un conocimiento analógico del contenido de la expresión.

Tomando el ejemplo lingüístico de Fernando, en su última entrada al blog, los vocablos “derechas” e “izquierdas” van cargados, en su expresividad lingüística, de connotaciones personales difícilmente trasmisibles en la simple literalidad inmediata y expresiva de la palabra. La herencia, el grupo familiar, la confesionalidad religiosa, la clase social, la ideología política familiar, etc. constituyen la historia personal de la palabra. Es su “máximo-objetivo”. Pero con seguridad los diálogos basados en vocablos, con contenidos de “máximos”, se convierten, casi imperceptiblemente, en monólogos yuxtapuestos. Los “mínimos-objetivos” no suelen ser percibidos e interiorizados con facilidad.

La pretensión burda de obligar, o presuponer, que nuestro “máximo-objetivo” es también el “máximo-objetivo” del otro, implica privar a nuestro interlocutor no sólo de libertad sino, incluso, de ideas y de historia biográfica personal. Cuando lo aproximativo del diálogo queremos convertirlo en verdad absoluta estamos infringiendo una clara manipulación en la comunicación. Olvidamos que las ideas siempre tienen su historia y que ésta es muy difícilmente modificable en una somera y manipulada información exterior.

El esfuerzo por el diálogo entre hombres que tratan de acercar sus “máximos-objetivos”, viene expresado en frases comunes que encierran profundos mensajes: “Hagamos juntos nuestro mundo”... “Miremos juntos en la misma dirección...”

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