José Mª: Me confesaba esta mañana un paciente haber aprendido de su abuelo (hombre criado en un huerto, sin escuelas ni maestros) la gran lección de su vida: a mirar lo invisible mientras veía la cosas del cada presente de sus días. Por eso el abuelo besaba los árboles, se reía con las formas cambiantes de la nubes, lloraba ante una flor pisada…
Los clásicos latinos acuñaron unas frases como “Tempus fugit” de Ovidio, “Transit irreparabile tempus” de Virgilio, para significar la experiencia del tiempo que pasa, con sus días y sus estaciones sucesivas, con sus frutas verdes o maduras, con sus hojas secas o relucientes, el tiempo que nos envuelve con su magia y su misterio, a veces tan desconcertante o demoledor..., con el sabor, tantas veces, de nostalgia, o de horror, dejándonos en el alma ecos embrujadores, a veces; dolorosos y degarradores, tantas otras veces, como lo expresa tan subyugadoramente el famoso poema de Worsword, terminados en aquellos versos que inspiraron y dieron título a una memorable película, “Esplendor en la hierba”: “aunque ya no han de volver los días del esplendor en la hierba / y de la gloria en la flores, / no hay que afligirse porque la belleza pervive en el recuerdo”.
Para esa sensación de vacío existencial, el ser humano, descendiente entre nosotros de los primates de Atapuerca, ha inventado, entre otras cosas, el remedio mágico de la escritura y la lectura que sirven, además, para exorcizar la vulgaridad, redimir lo ordinario, lo trivial, lo rutinario de la vida, gracias al fenómeno de la re-creación literaria, que tiene el doble significado semántico de “crear” y de “recrearse”, que no son posibles sino en el presente vital. Quizás sea para eso por lo que escribe sus cuentos Antonio, y por lo que tú y yo, José Mª, hemos desandado “nuestros antiguos surcos” y hemos recreado nuestra experiencia existencial en ese libro que está a punto de salir de la editorial…
Escribir es indagar en la esencia de la vida, es ver lo invisible, descubrir lo inédito o lo oculto que siempre hay detrás o en los entresijos de las cosas que vemos al paso superficial de la mirada... Escribir es sorprenderse, permanentemente...
Los clásicos latinos acuñaron unas frases como “Tempus fugit” de Ovidio, “Transit irreparabile tempus” de Virgilio, para significar la experiencia del tiempo que pasa, con sus días y sus estaciones sucesivas, con sus frutas verdes o maduras, con sus hojas secas o relucientes, el tiempo que nos envuelve con su magia y su misterio, a veces tan desconcertante o demoledor..., con el sabor, tantas veces, de nostalgia, o de horror, dejándonos en el alma ecos embrujadores, a veces; dolorosos y degarradores, tantas otras veces, como lo expresa tan subyugadoramente el famoso poema de Worsword, terminados en aquellos versos que inspiraron y dieron título a una memorable película, “Esplendor en la hierba”: “aunque ya no han de volver los días del esplendor en la hierba / y de la gloria en la flores, / no hay que afligirse porque la belleza pervive en el recuerdo”.
Para esa sensación de vacío existencial, el ser humano, descendiente entre nosotros de los primates de Atapuerca, ha inventado, entre otras cosas, el remedio mágico de la escritura y la lectura que sirven, además, para exorcizar la vulgaridad, redimir lo ordinario, lo trivial, lo rutinario de la vida, gracias al fenómeno de la re-creación literaria, que tiene el doble significado semántico de “crear” y de “recrearse”, que no son posibles sino en el presente vital. Quizás sea para eso por lo que escribe sus cuentos Antonio, y por lo que tú y yo, José Mª, hemos desandado “nuestros antiguos surcos” y hemos recreado nuestra experiencia existencial en ese libro que está a punto de salir de la editorial…
Escribir es indagar en la esencia de la vida, es ver lo invisible, descubrir lo inédito o lo oculto que siempre hay detrás o en los entresijos de las cosas que vemos al paso superficial de la mirada... Escribir es sorprenderse, permanentemente...
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