JOSÉ MARÍA, escribe:
Afortunadamente, Fernando, las aguas de nuestra pequeña geografía son múltiples y los molinos, en gran número, se muestran en lontananza. Es posible dirigir, por ello, nuestras aguas por regatos diversos. Ellas, de una forma o de otra, llegarán ciertas al molino. Unas veces, el arroyo político conducirá las aguas, otras el psicológico, y siempre, por encima de todos, nuestro regato humano. De estas múltiples aguas, las que corren por los arroyos límpidos de nuestro pensamiento, azules como el color del cielo, quiero conversar contigo hoy. La libertad, lo has traslucido tú, es el mar al que, definitivamente, van a parar todos los arroyos del vivir humano.
Tu marco referencial sobre la libertad, junto a la agudeza de la advertencia de D. Quijote a Sancho, coloca a la libertad en una oscilación permanentemente pendular, que, a menudo, no se percibe y que, sin embargo, encierra matices diferentes en su elongación angular: De una parte, en un ángulo de la pendulación, la libertad de un hombre que se siente parte del “cosmos” y busca su sentido en él y, de otra, la libertad que brota de los valores del espíritu humano y que representa una auténtica sistematización antropológica de la manera de actuar del hombre.
La “libertad cosmológica” del hombre, su elongación primera, expresa lo que aporta de específico la aparición del hombre en la naturaleza, de la que surge. Mediante su libertad se enfrenta al resto de la naturaleza, la domina, la humaniza y la transforma. Es el hombre, con su libertad, quien conduce a la naturaleza a las metas que ella lleva inscritas en las leyes de su evolución.
Desde el ámbito intrapsíquico, en la elongación opuesta, la libertad da relevancia al hombre individual. Lo desvincula de la obligatoriedad electiva. Ante él aparece la opción como su mayor rasgo distintivo. El autodominio se convierte en su más profunda realidad esencial.
Este hombre, “dueño de sí”, nunca hay que entenderlo como un hombre “encerrado en sí”. Un ser “cerrado en sí”, aunque fuera “dueño de sí”, sería lo más opuesto al hombre, en quien, como decía Don Alonso Quijano, su hermosura “está en el entendimiento, en la honestidad, en la liberalidad...” El hombre “cerrado en sí” conduciría a la persona humana a una dimensión solipsista y empobrecida. La APERTURA es, por el contrario, el existencial más radical y profundo del hombre. La mayor hermosura, parafraseemos, de nuevo, a D. Quijote, consiste en mostrar la liberalidad, la buena crianza y el valor que hacen brotar el amor con “ímpetu y ventajas”.
Mi regato me ha llevado, en esta ocasión, por cauces paralelos a los tuyos. ¡Riqueza y grandeza de lo humano...!
Tu marco referencial sobre la libertad, junto a la agudeza de la advertencia de D. Quijote a Sancho, coloca a la libertad en una oscilación permanentemente pendular, que, a menudo, no se percibe y que, sin embargo, encierra matices diferentes en su elongación angular: De una parte, en un ángulo de la pendulación, la libertad de un hombre que se siente parte del “cosmos” y busca su sentido en él y, de otra, la libertad que brota de los valores del espíritu humano y que representa una auténtica sistematización antropológica de la manera de actuar del hombre.
La “libertad cosmológica” del hombre, su elongación primera, expresa lo que aporta de específico la aparición del hombre en la naturaleza, de la que surge. Mediante su libertad se enfrenta al resto de la naturaleza, la domina, la humaniza y la transforma. Es el hombre, con su libertad, quien conduce a la naturaleza a las metas que ella lleva inscritas en las leyes de su evolución.
Desde el ámbito intrapsíquico, en la elongación opuesta, la libertad da relevancia al hombre individual. Lo desvincula de la obligatoriedad electiva. Ante él aparece la opción como su mayor rasgo distintivo. El autodominio se convierte en su más profunda realidad esencial.
Este hombre, “dueño de sí”, nunca hay que entenderlo como un hombre “encerrado en sí”. Un ser “cerrado en sí”, aunque fuera “dueño de sí”, sería lo más opuesto al hombre, en quien, como decía Don Alonso Quijano, su hermosura “está en el entendimiento, en la honestidad, en la liberalidad...” El hombre “cerrado en sí” conduciría a la persona humana a una dimensión solipsista y empobrecida. La APERTURA es, por el contrario, el existencial más radical y profundo del hombre. La mayor hermosura, parafraseemos, de nuevo, a D. Quijote, consiste en mostrar la liberalidad, la buena crianza y el valor que hacen brotar el amor con “ímpetu y ventajas”.
Mi regato me ha llevado, en esta ocasión, por cauces paralelos a los tuyos. ¡Riqueza y grandeza de lo humano...!
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