Envuelto y alentado por las fragancias de la nueva primavera cordobesa, he estado leyendo este fin de semana un libro exquisitamente editado por la Residencia de Estudiantes de Madrid, y donado a mí con ocasión de la Feria del Libro. Este libro recoge toda la correspondencia epistolar, telegramas, discursos, que se dirigieron a Juan Ramón Jiménez, desde todas las partes del mundo, cuando la concesión el premio Nóbel.
Me ha llamado la atención la carta que le escribe la esposa de Gregorio Martínez Sierra, María de la O Lejárraga, uniéndosele en su gloria de Premio Nóbel y en su dolor por la muerte coincidente de Zenobia. Después de evocar su antigua amistad –“nuestra callada amistad pluscuamperfecta”-, le pregunta:
“¿No le parece a usted que la forma esencial de la amistad es poder callar juntos sin que se rompa el lazo?”.
(Sin querer violar el aura de silencio blanco que envuelve un pensamiento tan excelso y sugerente, aclaro –en voz baja- que, para mi sorpresa, he encontrado en el libro una carta mía, de la que yo no conservaba el menor recuerdo, escrita con el mismo motivo a mi tío abuelo Juan Ramón. Me voy a permitir reproducir aquí dos párrafos de mi carta:
(…) “He ido siguiendo por los periódicos y por las cartas de mamá todo lo referente a tu premio, con la alegría que te puedes imaginar, y una gran pena también por la enfermedad de tía Zenobia. Cuando, por fin, me llegó la noticia de su muerte he comprendido lo mucho que toda la familia la queríamos. Sólo sentimos no estar ahora a tu lado, aunque el vacío de ella nunca te lo pudiéramos llenar del todo”.
(…) “Por aquí no sabemos con certeza si volverás a España. Para todos sería una alegría y un consuelo enorme poder abrazarte y compartir contigo la pena del recuerdo de tía Zenobia. ¡Cuánto hubiéramos querido poder abrazarla también a ella!”.
Es un desahogo, que me he permitido con vosotros, desde mis sentimientos emergentes de sorpresa y emoción, mezclado con los cálidos aromas de esta florecida primavera cordobesa…
Me ha llamado la atención la carta que le escribe la esposa de Gregorio Martínez Sierra, María de la O Lejárraga, uniéndosele en su gloria de Premio Nóbel y en su dolor por la muerte coincidente de Zenobia. Después de evocar su antigua amistad –“nuestra callada amistad pluscuamperfecta”-, le pregunta:
“¿No le parece a usted que la forma esencial de la amistad es poder callar juntos sin que se rompa el lazo?”.
(Sin querer violar el aura de silencio blanco que envuelve un pensamiento tan excelso y sugerente, aclaro –en voz baja- que, para mi sorpresa, he encontrado en el libro una carta mía, de la que yo no conservaba el menor recuerdo, escrita con el mismo motivo a mi tío abuelo Juan Ramón. Me voy a permitir reproducir aquí dos párrafos de mi carta:
(…) “He ido siguiendo por los periódicos y por las cartas de mamá todo lo referente a tu premio, con la alegría que te puedes imaginar, y una gran pena también por la enfermedad de tía Zenobia. Cuando, por fin, me llegó la noticia de su muerte he comprendido lo mucho que toda la familia la queríamos. Sólo sentimos no estar ahora a tu lado, aunque el vacío de ella nunca te lo pudiéramos llenar del todo”.
(…) “Por aquí no sabemos con certeza si volverás a España. Para todos sería una alegría y un consuelo enorme poder abrazarte y compartir contigo la pena del recuerdo de tía Zenobia. ¡Cuánto hubiéramos querido poder abrazarla también a ella!”.
Es un desahogo, que me he permitido con vosotros, desde mis sentimientos emergentes de sorpresa y emoción, mezclado con los cálidos aromas de esta florecida primavera cordobesa…
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