sábado, 10 de mayo de 2008

Fernando escribe

Mirando, desde junto a la ventana donde escribo, cómo se va difuminando el sol entre suaves reflejos nacarados bajo un cielo zafiro de acuarela desvaída, he estado rememorando mis sesiones terapéuticas del día, y reflexionando en las cosas que pueden hacer feliz a una persona: son numerosísimas, insospechables, casi infinitas…, todas cuantas posibilidades de vuelo tiene la fantasía calidoscópica de cada singular ser humano.

Sin embargo, el repertorio de las cosas que nos hacen infelices a cualquiera, a todos, no deja de ser reducido, igual, con pocos matices, para cada uno de los hijos del pesaroso Adán (el de la fábula bíblica), ese “pobre hombrecillo” que delineó el malhadado Wilhem Reich, mientras buscaba el “Orgón” de la suprema felicidad.

Recuerdo que en un libro de Enrique Vila- Matas se nos propone un elenco de los motivos de infelicidad personal o desesperación. Lo busco en mis revueltas librerías. El libro es “París no se acaba nunca”. Son éstos los motivos, según Vila-Matas: La volubilidad del amor; la fragilidad de nuestro cuerpo; la abrumadora mezquindad que domina la vida social; la trágica soledad en la que en el fondo vivimos todos; los reveses de la amistad; la monotonía e insensibilidad que trae aparejada la costumbre de vivir…

¿Queda alguno? Vendría bien aportar aquí una certera y probadísima comprobación de mi viejo maestro Freud. Pero no quiero alongarme ahora…

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