JOSE MARIA, escribe:
He leído estos días, con agrado, un cuento de nuestro amigo Antonio Espinosa (“La Fotografía”) de gran riqueza descriptiva y simbólica. En él, Antonio, perdiéndose en “sus” tiempos pasado y futuro indaga la versatilidad de la vida, partiendo, para ello, del análisis que hace “milímetro a milímetro” de unas antiguas y descoloridas fotografías familiares: la fotografía del pasado es “imagen y palabra”, dice. Y, desde ella, indaga el futuro buscando, la cara oculta de un tiempo aún por llegar.
La lectura del “La Fotografía” me ha llevado a pensar sobre el tiempo. Ya lo he hecho infinidad de veces, pero esta estructura tan radical en nosotros (“Somos seres y tiempo”, como afirmaría Heidegger), me lleva a descubrir dimensiones, cada día, nuevas y enriquecedoras.
El presente, como punto de partida, está “aquí” siempre, mantenido forzosa e inevitablemente en su presencialidad. El ayer ya se fue; el mañana, todavía no es. Por eso, es desde el hoy, desde “nuestro aquí y ahora” existencial, desde donde hemos de entender y entretejer nuestra pequeña biografía personal. Estar presentes en nuestro presente es asumir lúcidamente el momento en que somos. Para ello, es preciso huir del pasado cuando se nos aparece como una especie de paraíso perdido, al que hay que volver la vista, como amparo ante frustraciones presentes. Encerrarse en el recuerdo, falsamente bello por antiguo, es evadir el presente.
Hay que escapar, también, del sueño de un futuro -por ser la mayor parte de las veces ilusorio-, falso en sus promesas, aunque esté pintado con colorido mágico y fantástico.
El pasado y el futuro, son, es cierto, origen y proyecto de nuestra biografía personal. Pero ambos deben ser siempre objeto de interpretación inteligente. Nunca se pueden convertir en asideros para superar el cansancio o el monótono y cotidiano aburrimiento existencial.
La seguridad que da el pasado, como grato lugar de reclusión, o la virtualidad de éxito que puede prometer la espera de un futuro que “aparece” siempre, en estos casos, con colores diáfanos, a pesar de su tangible lejanía, suelen ser seguridades falsas que, en el fondo, empobrecen el vivir, obligándonos a escribir, por ello, una mediocre historia.
Recuerdo, a este propósito, el fragmento 13 de la “Antiphon Le Sophiste”, publicado por Cernet en París en 1923: “Hay gente que no vive la vida presente: con la mayor aplicación diríase que se disponen a vivir otra vida, no ésta. Mientras tanto dejan perder el tiempo”.
He leído estos días, con agrado, un cuento de nuestro amigo Antonio Espinosa (“La Fotografía”) de gran riqueza descriptiva y simbólica. En él, Antonio, perdiéndose en “sus” tiempos pasado y futuro indaga la versatilidad de la vida, partiendo, para ello, del análisis que hace “milímetro a milímetro” de unas antiguas y descoloridas fotografías familiares: la fotografía del pasado es “imagen y palabra”, dice. Y, desde ella, indaga el futuro buscando, la cara oculta de un tiempo aún por llegar.
La lectura del “La Fotografía” me ha llevado a pensar sobre el tiempo. Ya lo he hecho infinidad de veces, pero esta estructura tan radical en nosotros (“Somos seres y tiempo”, como afirmaría Heidegger), me lleva a descubrir dimensiones, cada día, nuevas y enriquecedoras.
El presente, como punto de partida, está “aquí” siempre, mantenido forzosa e inevitablemente en su presencialidad. El ayer ya se fue; el mañana, todavía no es. Por eso, es desde el hoy, desde “nuestro aquí y ahora” existencial, desde donde hemos de entender y entretejer nuestra pequeña biografía personal. Estar presentes en nuestro presente es asumir lúcidamente el momento en que somos. Para ello, es preciso huir del pasado cuando se nos aparece como una especie de paraíso perdido, al que hay que volver la vista, como amparo ante frustraciones presentes. Encerrarse en el recuerdo, falsamente bello por antiguo, es evadir el presente.
Hay que escapar, también, del sueño de un futuro -por ser la mayor parte de las veces ilusorio-, falso en sus promesas, aunque esté pintado con colorido mágico y fantástico.
El pasado y el futuro, son, es cierto, origen y proyecto de nuestra biografía personal. Pero ambos deben ser siempre objeto de interpretación inteligente. Nunca se pueden convertir en asideros para superar el cansancio o el monótono y cotidiano aburrimiento existencial.
La seguridad que da el pasado, como grato lugar de reclusión, o la virtualidad de éxito que puede prometer la espera de un futuro que “aparece” siempre, en estos casos, con colores diáfanos, a pesar de su tangible lejanía, suelen ser seguridades falsas que, en el fondo, empobrecen el vivir, obligándonos a escribir, por ello, una mediocre historia.
Recuerdo, a este propósito, el fragmento 13 de la “Antiphon Le Sophiste”, publicado por Cernet en París en 1923: “Hay gente que no vive la vida presente: con la mayor aplicación diríase que se disponen a vivir otra vida, no ésta. Mientras tanto dejan perder el tiempo”.
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