domingo, 16 de marzo de 2008

José María, escribe

Es Domingo de Ramos. La antigua tradición -doméstica y familiar-, mandaba, en este día de soles, de palmas y de olivos, vestirse con más primor que nunca: “endomingarse” de manera especial. Por esto, la paleta del pintor costumbrista, tiene hoy tonalidades nuevas, suaves, pueblerinas... ¡Sale “La Borriquilla!

Desde mi ventana -esta atalaya vieja de idas y venidas- miro, entre alegre y curioso, como la gente va tomando sitio al borde de la acera. Ya se vislumbra cerca el Paso de Misterio: “La Borriquilla”. El pórtico procesional de la Semana Santa...

Poco a poco, abriéndose camino entre la cada vez mayor chiquillería, como preludios obligados de toda procesión, van pasando carritos ambulantes que en un pequeño ritual consumista, ofrecen a los niños juguetes de cartón, trompetas y tambores, pipas, almendras, manzanas acarameladas... A lo lejos asoman ya los “capirotes blancos”. Es la larga fila de los “penitentes”. Los “capataces” ordenan las maltrechas filas... Se acercan a tribuna. Las velas, apagadas por el viento o por el largo recorrido procesional, vuelven a encenderse. Se restituye el orden. Resuena otra vez el grito ritual del costalero... Cimbrean los varales... Crujen las maderas del trono... El humo del incienso endulza con su olor la calle... Trompetas y tambores quiebran el silencio recogido de la gente que mira... “La Borriquilla” avanza. La Madre mira al Hijo, entre sus aterciopeladas bambalinas de palio... La ciudad santa -una Jerusalén que es término final del Domingo de Ramos- se ve ya próxima, cercana en horizonte.

Así veo, desde esta mi atalaya -tribuna improvisada-, el Domingo de Ramos. Todo respira triunfo y alegría. Los niños, igual que hicieron los antiguos Hebreos, protagonizan, con sus palmas amarillas y sus ramas de olivo verde y plata, la expresión ritual y simbólica de una realidad que todos los años se ritualiza como vivencia incuestionable de fe y de expresión religiosa para muchos.

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