martes, 1 de abril de 2008

José María, escribe

En cierta ocasión, recordando a Gerard Brenan, Fernando hablaba de la “envidia blanca”. Se refería, en su caso, a la admiración profunda que se experimenta al percibir la hondura y la calidad en el buen decir de otros. “Envidia buena” que suscita el deseo de alcanzar esas cotas expresivas logradas.

Esta es la sensación que he tenido al leer los dos poemas que Fernando nos ha ofrecido en el blog. “Envidia blanca” ante la ajustada precisión lingüística y ante la riqueza y profundidad del sentimiento que ambos poemas dejan entrever. Y he recordado, en sintonía ya antigua con Fernando, un poema que yo dediqué a mi hija Rocío hace algún tiempo. Sin pretender convertir nuestro blog en una “justa poética”, propia de los antiguos “mester de juglaría”, os lo ofrezco también:

Yo no sé si en tus noches
hay revuelos de pájaros,
ni sé si en tus mañanas,
plenas de amaneceres,
huele a tierra mojada.

No sé si entre tus manos
guardas todo el azul del cielo,
o meces entre ellas
una muñeca rota,
con cantos de recuerdo.

Sólo te sé yo a ti,
erguida y blanca en continua presencia.

Sí sé que en tu mirada,
-de niña o de mujer, no lo sé bien-
se asoman los secretos de quien descubre,
entre candores súbitos,
todo el color del mundo

Creciste en estos años,
en tu ser de mujer,
al lado de mi sombra.
Y al mirar hoy tu imagen,
veo en ella
vestigios de mi paso.

¡La he visto dibujando
el gozo de tu sonrisa limpia...!

Hoy la sé toda azul, tempranera, traslúcida...

¡Anhelo que tu vuelo
tenga un cielo delante...!

Mientras tanto,
en esta mi solitaria y ya antigua ribera,
queda tu nombre escrito
en la frágil arena del recuerdo...

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