Hace unos días, en este blog, hablábamos del tiempo. Decíamos que es estructura básica de lo que somos. Pero esta afirmación es, sencillamente, generalista y vacua por su universalidad. Es necesario, para que tenga valor de presente, adecuarla a nuestra circunstancia concreta humana y personal.
Nuestro tiempo, siempre es el de hoy. El de ayer, queda lejos. Pero en nuestro avance temporal el pasado se conserva en sí mismo. Pervive en nuestro hoy. No solamente sigue nuestros pasos, sino que irrumpe en el presente prefigurando el tiempo que vendrá. Nuestras vivencias no son momentos “discontinuos” de algo transitorio. No están aisladas en un ser temporal imaginario. Están “aquí y ahora” engarzadas en un “continuo” que conforma nuestro vida hoy. Nos hacemos con hechos sucesivos. El ayer y el mañana sintetizan y encierran toda nuestra historia. Las sombras del pasado y el mañana-proyecto determinan siempre el ser de lo que somos y lo que vamos siendo.
Es verdad que el presente es el punto imaginario, la hoja delgadísima que separa el ayer, que ya no es, del mañana, aún inexistente. Sin embargo, el “ahora”, nuestro tiempo presente, está amasado con el tiempo vivido y con toda su antigua carga vivencial: nace de la riqueza que acumula el pasado.
El tiempo, así, como “eón” discontinuo es inexistente. Nuestro “ahora”, tiempo inamovible casi imaginario por su frugal estaticidad, juega a ser como una adelantada eternidad temporal. Él es todo lo que somos y todo lo que “en” y “con” él continuamos siendo.
Nuestro tiempo, siempre es el de hoy. El de ayer, queda lejos. Pero en nuestro avance temporal el pasado se conserva en sí mismo. Pervive en nuestro hoy. No solamente sigue nuestros pasos, sino que irrumpe en el presente prefigurando el tiempo que vendrá. Nuestras vivencias no son momentos “discontinuos” de algo transitorio. No están aisladas en un ser temporal imaginario. Están “aquí y ahora” engarzadas en un “continuo” que conforma nuestro vida hoy. Nos hacemos con hechos sucesivos. El ayer y el mañana sintetizan y encierran toda nuestra historia. Las sombras del pasado y el mañana-proyecto determinan siempre el ser de lo que somos y lo que vamos siendo.
Es verdad que el presente es el punto imaginario, la hoja delgadísima que separa el ayer, que ya no es, del mañana, aún inexistente. Sin embargo, el “ahora”, nuestro tiempo presente, está amasado con el tiempo vivido y con toda su antigua carga vivencial: nace de la riqueza que acumula el pasado.
El tiempo, así, como “eón” discontinuo es inexistente. Nuestro “ahora”, tiempo inamovible casi imaginario por su frugal estaticidad, juega a ser como una adelantada eternidad temporal. Él es todo lo que somos y todo lo que “en” y “con” él continuamos siendo.
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