La aparente contradicción entre las ideas de Austen de la cita que nos aporta Faustina (lectura es soledad y lectura es comunicación), se resuelve en cuanto que todo escritor escribe solo, pero en relación virtual e imaginaria con el cada uno de sus lectores; y cada lector lee solo, pero en relación afectiva y compenetrativa con su “escribidor”.
Y me ha recordado algo que le leí a Ramón Panniker en su “Cuaderno amarillo”: que escribir es un modo de emparejamiento.
Quizás la razón sea porque, en el libro, el que lo escribe y el que lo lee se encuentran, se con-penetran, se alientan y, juntos, levantan también el vuelo de la fantasía, de las ideas y de los recuerdos... Y tal vez sea también la razón por la que cada uno de los capítulos de mi libro “Construye tu pirámide”, los comencé con un mismo sintagma: “Te confieso que...” Porque buscaba instintivamente, pienso yo, penetrar en ese espacio privilegiado del encuentro, de la confianza, de la confidencia, de la amistad, de la intimidad: La “interior bodega” de San Juan de la Cruz, el “huerto cerrado” del Cantar de los Cantares, o el “rincón del alma” de Alberto Cortés.
Que quien escribe, lo mismo que el que canta o la que canta, busca el encuentro humano, la compañía, la confianza, la intimidad y el amor...., nos lo viene diciendo, por lo menos desde el siglo XV, el que fuera autor de aquel precioso, subyugante, Romance del Conde Arnaldo. ¿Lo recordáis? El marinero que gobierna una galera, en “la mañana de San Juan” (eso dice el romance) . Describe la escena y sigue:
“Marinero que la manda, diciendo viene un cantar,
que la mar ponía en calma, los vientos hace amainar;
los peces que andan al hondo, arriba los hace andar;
las aves que andan volando, las hace al mástil posar...
Allí habló el Conde Arnaldos, bien oiréis lo que dirá:
Por Dios os ruego, marinero, digásme hora ese cantar:
Respondióle el marinero, tal respuesta le fue a dar:
Y me ha recordado algo que le leí a Ramón Panniker en su “Cuaderno amarillo”: que escribir es un modo de emparejamiento.
Quizás la razón sea porque, en el libro, el que lo escribe y el que lo lee se encuentran, se con-penetran, se alientan y, juntos, levantan también el vuelo de la fantasía, de las ideas y de los recuerdos... Y tal vez sea también la razón por la que cada uno de los capítulos de mi libro “Construye tu pirámide”, los comencé con un mismo sintagma: “Te confieso que...” Porque buscaba instintivamente, pienso yo, penetrar en ese espacio privilegiado del encuentro, de la confianza, de la confidencia, de la amistad, de la intimidad: La “interior bodega” de San Juan de la Cruz, el “huerto cerrado” del Cantar de los Cantares, o el “rincón del alma” de Alberto Cortés.
Que quien escribe, lo mismo que el que canta o la que canta, busca el encuentro humano, la compañía, la confianza, la intimidad y el amor...., nos lo viene diciendo, por lo menos desde el siglo XV, el que fuera autor de aquel precioso, subyugante, Romance del Conde Arnaldo. ¿Lo recordáis? El marinero que gobierna una galera, en “la mañana de San Juan” (eso dice el romance) . Describe la escena y sigue:
“Marinero que la manda, diciendo viene un cantar,
que la mar ponía en calma, los vientos hace amainar;
los peces que andan al hondo, arriba los hace andar;
las aves que andan volando, las hace al mástil posar...
Allí habló el Conde Arnaldos, bien oiréis lo que dirá:
Por Dios os ruego, marinero, digásme hora ese cantar:
Respondióle el marinero, tal respuesta le fue a dar:
YO NO DIGO MI CANCIÓN, SINO A QUIEN CONMIGO VA”.
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