Buenos días a todos. Mi mirada ha estado perdida en la química durante unos días. Mi cuerpo y mi alma la han acompañado también y todos juntos hemos viajado a El Escorial. Allí hemos hecho química y hemos mirado juntos la química hecha por otros. Mientras esto sucedía, en la calle la lluvia impregnaba a todo de su color: el color de la lluvia infuyó en el color de mi mirada. Y pensé, mientras fuera llovía, que mi mirada busca siempre lo sorprendente, lo desconocido, la menos natural, lo que estimula mi alma. Como el árbol caído de Faustina. Posiblemente ella no habría mirado en esa dirección, pero El Árbol Caído era un atractivo porque establecía lo nuevo, lo diferente. Pienso que ningún momento de nuestras vidas puede considerarse como repetición de algo ya vivido. Cada instante de la vida es original. Y nuestra mirada se encuentra cada día con un conjunto de visiones todas originales... pero sabe seleccionar aquellas que son capaces de llamar al recuerdo, al sentimiento olvidado, al sentido de lo bello. Por eso recordamos ciertas miradas y no todas. En El Escorial tuve el placer de escuchar un concierto de órgano en el Monasterio mientras mis ojos dirigían su mirada inquisidora a cada uno de los azules que ornamentan el techo del mismo. Al final todo se confundió en una única cosa: mirada y música fueron por unos instantes la misma cosa.
Después vino de nuevo la química. Y mis ojos se cerraron al exterior para fijarse en una pantalla iluminada por la desfilaban una tras otra un conjunto de moléculas interesantes.
Y pienso, de acuerdo con Pessoa, quien dijo "el corazón, si pudiera pensar, se pararía"; y yo digo, "la mirada, si pudiera pensar, se haría opaca". El mundo es como es, amigos. El corazón no debe pensar y la mirada tampoco.
Que tengáis un buen día
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario