sábado, 19 de abril de 2008

Fernando escribe

El escritor argentino Alberto Manguel, que hace pocas semanas estuvo por aquí, en Córdoba, refiriéndose a un libro de otro escritor, Machado de Assís (brasileño del siglo XIX), escribe: “Es un libro para leer mientras llueve”.

Esta mañana, sentado aquí, en mi biblioteca, viendo por la amplia ventana caer la lluvia intensa –intensamente deseada- sobre el verdor múltiple de los árboles del parque de Vallellano, y los cristales deshaciéndose de lágrimas deslizantes (siempre la lluvia rezuma melancolías), me he estado fertilizando con la lectura de un artículo que me envía, escrito por ella, mi amiga y colega Tánger. Comenta, elucubrando sobre el verbo ‘contemplar’ que cuando nos deleitamos en las cosas o en las personas sin necesidad de poseerlas, es cuando alcanzamos el alma de las mismas (“La mirada de la voluntad es impura y ardiente” –afirmaba Herman Hesse). Si a la hora de mirar nuestra mirada está impregnada de codicia, de propósitos, exigencias, temores, esperanzas, lo que miramos se convierte en algo condicionado por nuestros deseos y por nuestra voluntad. En cambio, si al mirar nos entregamos a la delicia de contemplar, estaremos convirtiendo ese momento en un instante de amor. Y es amor porque hay entrega. Y no hay exigencias.

Mientras, “llueve, llueve dulcemente…” (diría Juan Ramón)

2 comentarios:

Anónimo dijo...

De manera bella y sugerente termina Fernando su entrada del sábado: “si al mirar nos entregamos a la delicia de contemplar, estaremos convirtiendo ese momento en un instante de amor”. Es el gozo de las miradas “amantes”.

La mirada es sólo toma de contacto. A esta inicial mirada, los antiguos filósofos la llamaban “simple amor”. Era el comienzo de un recorrido, muchas veces, largo. Un camino que debía culminar en la contemplación gozosa del amado.

La contemplación no es la mirada. Es su final: el término de poseer al otro. No hay contemplación amorosa sin mirada, pero el “simple amor” se quedaría muy corto si no llegase a conseguir el objeto buscado y querido en la apetencia. Para llegar, tras la inicial mirada, a la contemplación “deliciosa y gozosa” del amor -obligada y necesaria posesión del amante-, es preciso recorrer el camino, superando las visiones torcidas -“la voluntad impura y ardiente”-, que empañan muchas veces los ojos, como dice Fernando, al descubrir y desear al otro.

Anónimo dijo...

Siempre identificamos el amor con la mirada gozosa y complaciente, y con la posesión rebosante. Eso es el “enamoramiento”. El amor es, también, la mirada dolor, y la mirada de compasión, y la mirada de ira que se contiene (por amor), y la mirada desesperada que todavía quiere esperar, y la arrepentida que pide perdón, y la afrentada que quiere olvidar… También son miradas de amor y, en el fondo, de felicidad. Aunque no sean -como no puden serlo siempre en el amor- contemplación gozosa y complaciente…