miércoles, 2 de abril de 2008

Escribe Faustina

Envidia blanca, por ser buena. Roja porque provoca sentimiento atemporal. Azul por ser la calma de un mar de sensaciones. Verde por florecer naturalmente.
Yo también envidio a estos dos poetas del día y de la vida que tejen palabras e historias con hilos de lírica y conocimiento. Si Fernando y Jose Maria se han reencontrado en el oficio de juglar moderno, otros, al leerlos, podemos despertar del letargo rutinario e intentar colorear los momentos huecos de cada dia, con pinceladas de sentir poético.
Sabe mi amigo del alma mi falta de disciplina en esto del mester literario. Me muevo por impulsos y ciclos y ahora me balanceo entre la astenia primaveral y la comodidad de lectora pasiva. Pero aquí estoy y escribo con la ilusión de ser partícipe y bailar el baile de las imágenes y las ideas. Es un placer sumarme a este espacio en el tiempo atemporal de comunicarse, siendo.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Con permiso.
Hablan ustedes de envidia, policromada por la pátina del sentimiento que tímidamente pueda acompañarle. Pero no sé yo si por mucho que la vistamos de colores, la envidia no es, sin más, ver mal al otro, mirarlo con desafecto y desprecio.
Otra cosa son los celos, que eso sí, es lo que siento, entre otro gran cúmulo de sentimientos, cada vez que me acerco a este balcón de plenitud y sinceridad, y agarrado con temor a la barandilla me asomo y veo pasar, por ejemplo, un poema a una hija.
Yo no puedo escribirle versos a ninguna hija.
Primero porque no me acerco ni al más lejano aprendiz de siervo de la esquiva Euterpe. Y segundo porque mi Julia Victoria, mi Rocío, o mi Siena no ha venido aún a habitarme para que yo pudiera pagarle sus balbuceos, sus llantos y su sonrisa con una mala prosa al menos. El halo de su sombra, en una oscura niebla, se esfumó por las fallas de la cordura.
Y no fui tras ella cuando aún podía vislumbrarse el rastro de su pelo negro. Ahora no hay poema, no hay palabras ni cantos ni sollozos ni caricias ni miradas, que la devuelvan.
Celos, de esos versos que leo, de ese cordón entre dos partes de un mismo ser, que a modo de paternal tributo transforman la pantalla de un ordenador, o la página de un libro, en testigo callado y furtivo de un resplandor sereno de felicidad.
Llegué a escribir un día que a ella, a la felicidad, no se podía llegar jamás del todo, que a lo sumo a lo cual se podía aspirar era, no a ser, sino a estar felices un número determinado de momentos de la vida.
Me desdigo.
La felicidad es tan habitable como el andén de un AVE procedente de Madrid, de Pekín o de cualquier sitio.
Envidia no, celos, es lo que me hace sentir este ventanal luminoso. Y rabia, aún, hacia quien se quedó sin andén por no ver la niebla a tiempo.
Pero también, como abanderado de ese ejército de sentimientos que me invaden al acercarme a él, un agradecimiento eterno a quienes lo habitan, por todo lo que en apenas unas visitas han sido capaces de enseñarme.

José Antonio.